miércoles, 5 de noviembre de 2014

Tres deseos

Existen muchas historias construidas a partir del tema de los tres deseos.
Aquí van dos cuentos sobre el tema: "Los tres deseos" (género maravilloso), "La pata de mono" (cuento fantástico), y uno que cuenta la reacción de un espectador al ver la versión teatral de "La pata de mono". Este último está entre el humor y el absurdo.

Una vez que los leas, elegí alguna de estas opciones:

  • Texto descriptivo: hacer una descripción del hijo al llegar a la casa después del pedido de su madre.
  • Texto narrativo: escribir un cuento sobre el tema de los tres deseos. Para inspirarte, leíste el cuento del mismo nombre.
  • Cambio de final: escribí un final diferente para "La pata de mono", a partir del pedido del tercer deseo. En una parte de "No meter la pata con la pata de mono" podés ver una idea: la propuesta de un espectador.


 
LA PATA DEL MONO     

W. W. JACOBS

 

I

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa, los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez; el primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.

—Oigan el viento —dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.

—Lo oigo —dijo éste moviendo implacablemente la reina—. Jaque.

—No creo que venga esta noche —dijo el padre con la mano sobre el tablero.

—Mate —contestó el hijo.

—Esto es lo malo de vivir tan lejos —vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia—. De todos los suburbios, éste es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.

—No te aflijas, querido —dijo suavemente su mujer—, ganarás la próxima vez.

El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.

—Ahí viene —dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.

Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.

—El sargento-mayor Morris —dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.

Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.

—Hace veintiún años —dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo—. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.

—No parece haberle sentado tan mal —dijo la señora White amablemente.

—Me gustaría ir a la India —dijo el señor White—. Sólo para dar un vistazo.

—Mejor quedarse aquí —replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.

—Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas —dijo el señor White—. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?

—Nada —contestó el soldado apresuradamente—. Nada que valga la pena oír.

—¿Una pata de mono? —preguntó la señora White.

—Bueno, es lo que se llama magia, tal vez —dijo con desgana el militar.

Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero, llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.

—A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular —dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.

La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.

—¿Y qué tiene de extraordinario? —preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.

—Un viejo faquir le dio poderes mágicos —dijo el sargento mayor—. Un hombre muy santo... Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.

Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.

—Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? —preguntó Herbert White.

El sargento lo miró con tolerancia.

—Las he pedido —dijo, y su rostro curtido palideció.

—¿Realmente se cumplieron los tres deseos? —preguntó la señora White.

—Se cumplieron —dijo el sargento.

—¿Y nadie más pidió? —insistió la señora.

—Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.

Habló con tanta gravedad que produjo silencio.

—Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán —dijo, finalmente, el señor White—. ¿Para qué lo guarda?

El sargento sacudió la cabeza:

—Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.

—Y si a usted le concedieran tres deseos más —dijo el señor White—, ¿los pediría?

—No sé —contestó el otro—. No sé.

Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.

—Mejor que se queme —dijo con solemnidad el sargento.

—Si usted no la quiere, Morris, démela.

—No quiero —respondió terminantemente—. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche las culpas de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.

El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:

—¿Cómo se hace?

—Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.

—Parece de las Mil y una noches —dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa—. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?

El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.

—Si está resuelto a pedir algo —dijo agarrando el brazo de White— pida algo razonable.

El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.

—Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros —dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren—, no conseguiremos gran cosa.

—¿Le diste algo? —preguntó la señora mirando atentamente a su marido.

—Una bagatela —contestó el señor White, ruborizándose levemente—. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.

—Sin duda —dijo Herbert, con fingido horror—, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.

El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.

—No se me ocurre nada para pedirle —dijo con lentitud—. Me parece que tengo todo lo que deseo.

—Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? —dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro—. Bastará con que pidas doscientas libras.

El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.

—Quiero doscientas libras —pronunció el señor White.

Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.

—Se movió —dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer—. Se retorció en mi mano como una víbora.

—Pero yo no veo el dinero —observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa—. Apostaría que nunca lo veré.

—Habrá sido tu imaginación, querido —dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.

Sacudió la cabeza.

—No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.

Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.

—Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama —dijo Herbert al darles las buenas noches—. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.

Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.

 

II

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.

—Todos los viejos militares son iguales —dijo la señora White—. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?

—Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza —dijo Herbert.

—Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias —dijo el padre.

—Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta —dijo Herbert, levantándose de la mesa—. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.

La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.

Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.

—Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas —dijo al sentarse.

—Sin duda —dijo el señor White—. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.

—Habrá sido en tu imaginación —dijo la señora suavemente.

—Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era... ¿Qué sucede?

Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.

Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.

Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.

—Vengo de parte de Maw & Meggins —dijo por fin.

La señora White tuvo un sobresalto.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?

Su marido se interpuso.

—Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.

Y lo miró patéticamente.

—Lo siento... —empezó el otro.

—¿Está herido? —preguntó, enloquecida, la madre.

El hombre asintió.

—Mal herido —dijo pausadamente—. Pero no sufre.

—Gracias a Dios —dijo la señora White, juntando las manos—. Gracias a Dios.

Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.

—Lo agarraron las máquinas —dijo en voz baja el visitante.

—Lo agarraron las máquinas —repitió el señor White, aturdido.

Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.

—Era el único que nos quedaba —le dijo al visitante—. Es duro.

El otro se levantó y se acercó a la ventana.

—La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida —dijo sin darse la vuelta—. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.

No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.

—Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente —prosiguió el otro—. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.

El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?

—Doscientas libras —fue la respuesta.

Sin oir el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.

 

III

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.

Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.

Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.

El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.

—Vuelve a acostarte —dijo tiernamente—. Vas a coger frío.

—Mi hijo tiene más frío —dijo la señora White y volvió a llorar.

Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.

—La pata de mono —gritaba desatinadamente—, la pata de mono.

El señor White se incorporó alarmado.

—¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?

Ella se acercó:

—La quiero. ¿No la has destruido?

—Está en la sala, sobre la repisa —contestó asombrado—. ¿Por qué la quieres?

Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:

—Sólo ahora he pensado... ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?

—¿Pensaste en qué? —preguntó.

—En los otros dos deseos —respondió en seguida—. Sólo hemos pedido uno.

—¿No fue bastante?

—No —gritó ella triunfalmente—. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.

El hombre se sentó en la cama, temblando.

—Dios mío, estás loca.

—Búscala pronto y pide —le balbuceó—; ¡mi hijo, mi hijo!

El hombre encendió la vela.

—Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.

—Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?

—Fue una coincidencia.

—Búscala y desea —gritó con exaltación la mujer.

El marido se volvió y la miró:

—Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras...

—¡Tráemelo! —gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta—. ¿Crees que temo al niño que he criado?

El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.

El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.

Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.

Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.

—¡Pídelo! —gritó con violencia.

—Es absurdo y perverso —balbuceó.

—Pídelo —repitió la mujer.

El hombre levantó la mano:

—Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.

Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.

No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.

Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.

Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.

—¿Qué es eso? —gritó la mujer.

—Un ratón —dijo el hombre—. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.

La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.

—¡Es Herbert! ¡Es Herbert! —La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.

—¿Qué vas a hacer? —le dijo ahogadamente.

—¡Es mi hijo; es Herbert! —gritó la mujer, luchando para que la soltara—. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.

—Por amor de Dios, no lo dejes entrar —dijo el hombre, temblando.

—¿Tienes miedo de tu propio hijo? —gritó—. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.

Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:

—La tranca —dijo—. No puedo alcanzarla.

Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.

—Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara...

Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.

Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera; y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.

 

 

William W. Jacobs, humorista inglés nacido en 1863; muerto en 1943. Ha publicado: Many Cargoes (1896); The Skipper's Wooing (1911); Sea Whispers (1926)

De "Antología de la literatura fantástica"

Jorge Luis Borges

Adolfo Bioy Casares

Silvina Ocampo
 
 
 
 
 
Cuento de los tres deseos
Jeanne-Marie Le Prince de Beaumont
 
Había una vez un hombre, que no era muy rico, que se casó con una bella mujer. Una noche de invierno, sentados junto al fuego, comentaban la felicidad de sus vecinos que eran más ricos que ellos.
-¡Oh! -decía la mujer- si pudiera disponer de todo lo que yo quisiera, sería muy pronto mucho más feliz que todas estas personas.
-Y yo -dijo el marido-. Me gustaría vivir en el tiempo de las hadas y que hubiera una lo suficientemente buena como para concederme todo lo que yo quisiera.
En ese preciso instante, vieron en su cocina a una dama muy hermosa, que les dijo:
-Soy un hada; prometo concederles las tres primeras cosas que deseen; pero tengan cuidado: después de haber deseado tres cosas, no les concederé nada más.
Cuando el hada desapareció, aquel hombre y aquella mujer se hallaron muy confusos:
-Para mí, que soy el ama de casa -dijo la mujer- sé muy bien cuál sería mi deseo: no lo deseo aún formalmente, pero creo que no hay nada mejor que ser bella, rica y fina.
-Pero, -contestó el marido- aún teniendo todas esas cosas, uno puede estar enfermo, triste o incluso puede morir joven: sería más prudente desear salud, alegría y una larga vida.
-¿De qué serviría una larga vida, si se es pobre? -dijo la mujer-. Eso sólo serviría para ser desgraciado durante más tiempo. En realidad, el hada habría debido prometer concedernos una docena de deseos, pues hay por lo menos una docena de cosas que yo necesitaría.
-Eso es cierto -dijo el marido- pero démonos tiempo, pensemos de aquí a mañana por la mañana, las tres cosas que nos son más necesarias, y luego las pediremos.
-Puedo pensar en ello toda la noche -dijo la mujer- mientras tanto, calentémonos pues hace frío.
Mientras hablaba, la mujer cogió unas tenazas y atizó el fuego; y cuando vio que había bastantes carbones encendidos, dijo sin reflexionar:
-He aquí un buen fuego, me gustaría tener un alna de morcilla para cenar, podríamos asarla fácilmente.
Tan pronto como terminó de pronunciar esas palabras, cayó por la chimenea un alna de morcilla.
-¡Maldita sea la tragona con su morcilla! -dijo el marido-; no es un hermoso deseo, y sólo nos quedan dos que formular; por lo que a mí respecta, me gustaría que llevaras la morcilla en la punta de la nariz.
Y, al instante, el hombre se percató de que era más tonto aún que su mujer, pues, por ese segundo deseo, la morcilla saltó a la punta de la nariz de aquella pobre mujer que no podía arrancársela.
-¡Qué desgraciada soy! -exclamó- ¡eres un malvado por haber deseado que la morcilla se situara en la punta de mi nariz!
-Te juro, esposa querida, que no he pensado en que pudiera ocurrir -dijo el marido-. ¿Qué podemos hacer? Voy a desear grandes riquezas y te haré un estuche de oro para tapar la morcilla.
-¡Cuídate mucho de hacerlo! -prosiguió la mujer- pues me suicidaría si tuviera que vivir con esta morcilla en mi nariz, te lo aseguro. Sólo nos queda un deseo, cédemelo o me arrojaré por la ventana.
Mientras pronunciaba estas frases corrió a abrir la ventana y su marido, que la amaba, gritó:
-Detente mi querida esposa, te doy permiso para que pidas lo que quieras.
-Muy bien, -dijo la mujer- deseo que esta morcilla caiga al suelo.
Y al instante, la morcilla cayó. La mujer, que era inteligente, dijo a su marido:
-El hada se ha burlado de nosotros, y ha tenido razón. Tal vez hubiéramos sido más desgraciados siendo más ricos de lo que somos en este momento. Créeme, amigo mío, no deseemos nada y tomemos las cosas como Dios tenga a bien mandárnoslas; mientras tanto, comámonos la morcilla, puesto que es lo único que nos queda de los tres deseos.
El marido pensó que su mujer tenía razón, y cenaron alegremente, sin volver a preocuparse por las cosas que habrían podido desear.
FIN
 
 
 
Absurdo, humor negro, terror al final. Un espectador se toma a mal la historia.
                                                                                              
 
No meter la pata con la pata de mono
de Marco Denevi
 
Los otros días fui a ver La pata de mono, un cuento de cierto señor W. W. Jacobs, a quien no conozco, adaptada para el teatro por otro señor Marco Denevi, a quien conozco menos.
La acción transcurre en una casa de clase media, en Inglaterra. Allí vive el matrimonio White con su hijo Herbert, un muchacho simpático. Es de noche y afuera sopla el viento. Llega un tal Morris, sargento mayor o cosa así. Acaba de regresar de la India y trae consigo una pata de mono disecada. Dice que es un amuleto al que un faquir dotó de poderes mágicos: tres hombres pueden pedirle, cada uno, tres deseos, y la pata de mono se los concederá. Después de varios dimes y diretes que no interesan, la pata de mono queda en poder de los White y su hijo Herbert induce al señor White a pedirle algo a la pata, así, como una broma. El señor White le pide doscientas libras, suma modesta que alcanzaría para pagar la hipoteca de la casa. Apenas ha formulado su deseo, el señor White lanza un grito y arroja la pata de mono al suelo: asegura que la pata se retorció en su mano como una víbora. La mujer y el hijo fingen creer que todo es pura imaginación, pero se veía que estaban impresionados. También yo. Se van a dormir y termina el primer acto.
El segundo transcurre a la mañana siguiente. Herbert se dirige a su empleo en una fábrica. El matrimonio White sigue comentando (la escena es aburrida y demasiado larga) lo que sucedió la noche anterior con la pata de mono. Llaman a la puerta. La señora White abre. Es un hombre vestido de negro y muy nervioso. Lo hacen entrar. El desconocido no se decide a hablar claro. Al fin, después de muchas vueltas, revela el objeto de su visita: es un enviado de la fábrica donde trabaja Herbert, viene a anunciarles que al muchacho lo agarró una máquina y, bueno, murió. El señor y la señora White, espantados, aturdidos por la terrible noticia, no se mueven. Entonces el hombre les ofrece, como indemnización por la muerte de Herbert, doscientas libras. La señora White lanza un alarido y el señor White cae desmayado. Fin del segundo acto.
Tercero y último acto. Otra vez de noche. El señor White mira el vuelo de una mosca imaginaria. La señora White va y viene como una sonámbula. Pronuncia frases distraídas, las interrumpe por la mitad, se queda con la vista perdida en el vacío. Los dos pobres viejos están como idiotizados por el dolor. Y de golpe la señora White empieza a gritar:
-¡La pata de mono! ¡La pata de mono! ¿Dónde está?
El señor White se pone de pie, mira para todas partes, no comprende. A la señora White se le ha ocurrido una idea, obvia, por lo demás. El señor White formuló uno solo de los tres deseos. Dispone de otros dos. ¿Por qué no volver a hacer la prueba? ¿Por qué no pedirle que Herbert recupere la vida? El señor White se niega.
- Hace diez días que está muerto - solloza -. El día en que murió lo reconocí por la ropa. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras, imagínate ahora.
-¡Tráemelo! - insiste la señora White completamente histérica -. ¿Crees que temo al niño que he traído al mundo?
Luego de una prolongada discusión el señor White accede de mala gana, busca la pata de mono y temblando de pies a cabeza pronuncia el segundo deseo: que Herbert resucite. Y otra vez arroja la pata de mono al suelo, señal de que nuevamente se había retorcido como una víbora. Luego va a sentarse en su sillón, oculta el rostro entre las manos, está hecho una piltrafa. En cambio la señora White, impaciente ansiosa, se asoma a la ventana. El tictac del reloj crece, decrece, vuelve a crecer y a decrecer, para que el público se dé cuenta de que pasan las horas. Chasqueada, la pobre señora White se derrumba sobre una escuálida sillita junto al fuego.
Y de pronto golpes en la puerta.
-¡Es Herbert! !Es Herbert! - grita la mujer -. ¡Había olvidado que el cementerio está a dos millas y que mi pobre niño tuvo que venir caminando!
Quiere abrir la puerta, pero el marido trata de impedírselo.
-¡Por el amor de Dios -gime el cobarde- no lo dejes entrar!
-¿Tienes miedo de tu propio hijo? ¡Suéltame! ¡Ya voy, Herbert, ya voy!
Luchan como demonios. Entre tanto siguen resonando los golpes en la puerta. Una escena escalofriante. Yo no podía mantenerme quieto en la butaca. Hasta que la señora White consigue zafarse y corre hacia la puerta. Pero la puerta tiene colocada la tranca. La señora White, no pudiendo alcanzarla, busca una silla, arrastra la silla hasta la puerta, se sube a la silla, levanta la tranca, desciende de la silla, aparta la silla. Esa demora es aprovechada por el señor White para buscar la pata de mono, encontrarla en un rincón y balbucear en voz baja el tercero y último pedido. Respiré.
Pero cuando la señora White abre, por fin, la puerta, comprueba con horror, también yo compruebo con horror que no hay nadie, que Herbert no está, que el bobalicón del señor White le ha pedido a la pata de mono que el muchacho vuelva a la tumba. Aquello era inaudito, era sencillamente inconcebible. No sé cómo pude reprimir el deseo de trepar al escenario y propinarle a ese imbécil una paliza. Opté por salir rápidamente del teatro. Hablaría a solas con el señor White. El infeliz amaba a su hijo, nadie lo duda. El error lo había cometido de buena fe, obnubilado por el miedo. Yo lo instruiría para que en las próximas funciones no reincidiese en la misma torpeza.
Lo visité en su casa, cuyas señas obtuve en el mismo teatro haciéndome pasar por periodista. Vivía solo y me recibió con una obsequiosidad repugnante. Mi primera impresión fue que era un viejo sin mayores luces, así se explicaba la inexplicable sandez que había cometido. Lo malo es que dos personas tan simpáticas como la señora White y Herbert debían pagar las consecuencias. Por fortuna ahí estaba yo para poner las cosas en su lugar.
-¿Qué le pareció La pata de mono? - me preguntó el macaco.
- Magnífica. Pero en la última escena usted se comporta como un chambón.
-¿Yo? - se azoró, al punto de que las cejas se le unieron en una sola como un bigote postizo que se hubiese pegoteado en mitad de la frente.
- Usted. ¿Qué le pidió, la tercera vez, a la pata de mono?
- Que Herbert desaparezca.
- Mal hecho. Debió pedirle que Herbert volviera a ser lo que era antes del accidente.
- Pero...
- No me interrumpa. Una de dos: o la pata de mono no tiene poderes mágicos, y entonces las doscientas libras fueron pura casualidad y los golpes en la puerta era el viento, o sí los tiene y la señora White, al abrir, se encontraba con su hijo sano y salvo.
De pronto tomó un aire engreído.
- Disculpe, pero el autor quiere que las dos versiones, la fantástica y la realista, sean igualmente válidas y que el espectador elija la que más le guste. En la versión que usted propone eso es imposible.
Sofrené mi cólera.
-¿Que el espectador elija? ¿Qué espectador? Yo no quiero elegir. Quiero que sea el autor quien tome la decisión. Muy bonito. Para lavarse las manos y echarnos a nosotros todo el fardo, lo obliga a usted a desperdiciar estúpidamente el tercer deseo, obliga a esa pobre madre a vivir el resto de sus días en la más negra aflicción.
- Yo no soy quién para introducir modificaciones en la obra.
- Usted es el padre de Herbert, qué cuernos. ¿Qué habría hecho cualquier otro padre en su lugar? Pedirle a la pata de mono que reconstruyese el cuerpo de su hijo. ¿La pata de mono no cumplía? Paciencia, todo había sido un cuento del tío de ese Morris. ¿Cumplía? Albricias: ahí estaba Herbert sin un rasguño. Pero para que nosotros nos devanemos los sesos entre la versión fantástica y la versión realista, el señor W. W. Jacobs y el otro cómplice, Denevi, lo arrastran a usted a perpetrar ese final absurdo, ese desenlace ridículo. Pero usted no sea papanatas. Rebélese, y en la próxima función haga lo que yo le digo.
Bruscamente se puso amable.
- Está bien, señor, no se exalte.
-¿Qué quiere insinuar con eso de que no me exalte? No me exalto, pero ciertas cosas me sacan de quicio. Usted no me parece mala persona. Sin embargo, todavía no ha comprendido que Jacobs y Denevi lo han engañado. No se deje manejar por esos dos canallas. Usted, esta noche, respetará el texto hasta el momento de pedir el tercer deseo. Ya sabe, entonces pida que Herbert vuelva a ser el que era antes de que lo agarrase la máquina. Veremos que sucede. O al abrir la puerta no hay nadie, en cuyo caso usted se librará de todo remordimiento por haber pedido las doscientas libras, o ahí está Herbert vivito y coleando y sin las consecuencias del accidente. Imagínese la alegría de la pobre señora White.
De golpe el señor White, a quien yo había tomado por un viejo sin carácter, me reveló quién era.
-¡Salga de mi casa! - Tronó, rojo como un apoplético al borde del colapso- ¡Salga o llamo a la policía!
Era un sádico, un padre descastado. Se burlaba de su mujer, de su hijo, de los espectadores, de mí. ¡Y yo, candorosamente, había ido a apelar a sus buenos sentimientos! Quizá, la primera vez, se había prestado con inocencia y temor a las maquinaciones de los dos granujas de Jacobs y Denevi. Ahora, después de varias funciones, se cebaba en ese juego abyecto. Me costó, porque se defendió con inesperada energía, pero conseguí librar al mundo de semejante monstruo.
 
 
 

 

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