viernes, 18 de abril de 2014

TRABAJO CON MITOS - 1º5ª

TRABAJO PRÁCTICO Y EXPOSICIÓN ORAL


Se constituirán grupos de tres alumnos, que investigarán sobre distintos mitos , elaborarán material sobre los mismos  y los expondrán oralmente a sus compañeros.

1) Investigar sobre el mito que les haya tocado y escribir una narración sobre el mismo. Extensión aproximada: una carilla.

2) Hacer una lámina con material relacionado con el mito.

3) Narrar el mito a los compañeros en fecha a definir.

4) Publicar la versión en el blog.

Sitios sugeridos para investigar:



 
Los sitios utilizados deberán ser citados en el trabajo. Consulten también otra bibliografía: libros, antologías y recopilaciones de mitos, fascículos de Historia del Arte, etc.

MITOS - ORÁCULOS

Según la mitología, Cronos devoraba
a sus hijos para evitar que se cumpliera
la predicción de que uno de ellos lo
sucedería.


MITOS


Definición: son relatos sagrados muy antiguos que servían para explicar lo inexplicable. Como en la antigüedad la ciencia y la tecnología no estaban muy desarrolladas, esos relatos daban una explicación a cuestiones como el origen del universo o los fenómenos naturales como la lluvia o las estaciones del año.

También explicaban los hechos de los dioses, por qué actuaban de tal o cual manera, siempre muy cercana a comportamientos que hoy esperaríamos de un humano pero no de un dios. Esos dioses, según los relatos míticos, tenían pasiones muy humanas, como la envidia, los celos, el odio.

Características: los mitos son anónimos, de transimisión oral y tienen carácter religioso.

Personajes: Dioses: inmortales, antropomórficos, con pasiones humanas.

                      Semidioses o héroes: hijos de la unión de dioses y mortales, poseen alguna cualidad extraordinaria y realizan hazañas para sí mismos o para otros.

                      Criaturas fabulosas: seres fantásticos, generalmente monstruosos, como el Minotauro o la Medusa.
 


Dioses: Zeus, dios de dioses en
la mitología griega



Héroes: Hércules, de
extraordinaria fuerza
 
Centauro: criatura fabulosa,
mezcla de hombre y caballo

  

EL ORÁCULO - DELFOS


En muchos mitos aparecen las predicciones de los oráculos. ¿Qué es un oráculo?

La palabra tiene tres significados: es un templo, es una sacerdotisa y es la profecía que ella enuncia.

EL TEMPLO


El más famoso de los oráculos estaba en Delfos, un importante centro político y religioso, en la Grecia central y a 600 metros de altura respecto del nivel del mar. Se accedía por un camino de montaña, llamado la Vía Sacra. Allí se levantaba un templo en honor del dios Apolo. Estaba repleto de regalos riquísimos que llevaban quienes iban a consultar.
Oráculo de Delfos
 

LA SACERDOTISA


En el templo había una pitonisa o sacerdotisa que interpretaba la voluntad de los dioses. El procedimiento era el siguiente: alguien quería saber algo sobre el futuro, iba a Delfos, hacía una cola larguísima (a veces no lograba llegar a la pitonisa). Si tenía suerte, un sacerdote lo llevaba frente a la mujer. El peregrino hacía la pregunta. Ella, que estaba en trance por aspiración de vapores que emanaban del suelo, respondía con palabras misteriosas que le transmitían los dioses, y esas palabras eran interpretadas por el sacerdote para el visitante.

Al principio eran jóvenes mujeres vírgenes pero, a raíz del rapto o fuga de una de ellas con un visitante, se optó por mujeres de mediana edad. A primera hora del día tomaba un baño ritual, se engalanaba y se sentaba en un trípode de oro. Aspiraba emanaciones de una grieta del suelo, y así, en trance alucinógeno, se transformaba en la voz de Apolo.
Esta ilustración en una vasija es el
 único testimonio de la imagen de una
pitonisa.
 
 

 

 

 

 

 

 

  

LA PROFECÍA


Hasta los hombres más poderosos y los más intelectuales creían en la capacidad adivinatoria de los oráculos. Sin embargo, hubo uno que dudó, el rey Cresos, y para saber si podía confiar en alguno, mandó emisarios a todos los oráculos griegos. La pregunta era la misma para todos: adivinar qué estaría haciendo el rey en el momento de la adivinación. El oráculo de Delfos acertó: cocinando un cordero y una tortuga, una actividad extravagante, difícil de adivinar.
La inscripción "conócete a ti mismo" estaba
en la entrada del oráculo de Delfos


 
 
 
 
 
 
 
 
 

Para saber más:

Podés ver este video de History Channel, disponible en You Tube
 
El link que sigue te va a llevar a ver una escena de la película "Trescientos": la intervención de una sacerdotisa.
 
 
 
 
 



 


lunes, 14 de abril de 2014

Temas prueba 1º5a. próximo 21 de abril

Les dejo los temas de la prueba:

  • Cuento "La venganza": argumento.
  • Intención de los textos.
  • Titular párrafos de un texto.
  • Clases de palabras: sustantivos, adjetivos, verbos.
  • Tildación: palabras agudas, graves, esdrújulas y sobreesdrújulas.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Los pocillos


 
 
LOS POCILLOS

Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el comentario de cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con el platillo de otro. "Negro con rojo queda fenomenal", había sido el consejo estético de Enriqueta. Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había decidido que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color.

"El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?", preguntó Mariana. La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José Claudio contestó: "Todavía no. Esperá un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo." Ahora sí ella miró a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego.

La mano de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá. "¿Qué buscás?", preguntó ella. "El encendedor." "A tu derecha." La mano corrigió el rumbo y halló el encendedor. Con ese temblor que da el continuado afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda trataba infructuosamente de registrar la aparición del calor. Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su ayuda. "¿Por qué no lo tirás?" dijo, con una sonrisa que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también las modulaciones de la voz. "No lo tiro porque le tengo cariño. Es un regalo de Mariana."

Ella abrió apenas la boca y recorrió el labio inferior con la punta de la lengua. Un modo como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en marzo de 1953, cuando él cumplió 35 años y todavía veía. Habían almorzado en casa de los padres de José Claudio, en Punta Gorda, habían comido arroz con mejillones, y después se habían ido a caminar por la playa. El le había pasado un brazo por los hombros y ella se había sentido protegida, probablemente feliz o algo semejante. Habían regresado al apartamento y él la había besado lentamente, morosamente, como besaba antes. Habían inaugurado el encendedor con un cigarrillo que fumaron a medias. Ahora el encendedor ya no servía. Ella tenía poca confianza en los conglomerados simbólicos, pero, después de todo, ¿qué servía aún de aquella época?

"Este mes tampoco fuiste al médico", dijo Alberto.

"No."

"¿Querés que te sea sincero?"

"Claro."

"Me parece una idiotez de tu parte."

"¿Y para qué voy a ir? ¿Para oirle decir que tengo una salud de roble, que mi hígado funciona admirablemente, que mi corazón golpea con el ritmo debido, que mis intestinos son una maravilla? ¿Para eso querés que vaya? Estoy podrido de mi notable salud sin ojos."

La época anterior a la ceguera, José Claudio nunca había sido especialista en la exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se ha olvidado de cómo era ese rostro antes de adquirir esta tensión, este resentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio, él se había negado a valorar su amparo, a refugiarse en ella. Todo su orgullo se concentró en un silencio terrible, testarudo, un silencio que seguía siendo tal, aún cuando se rodeara de palabras. José Claudio había dejado de hablar de sí.

"De todos modos debería ir", apoyó Mariana. "Acordate de lo que siempre te decía Menéndez."

"Cómo no, que me acuerdo: Para Usted No Está Todo Perdido. Ah, y otra frase famosa: La Ciencia No Cree en Milagros.

Yo tampoco creo en milagros." "¿Y por qué no aferrarte a una esperanza? Es humano."

"¿De veras?" Habló por el costado del cigarrillo.

Se había escondido en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha para asistir, simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa. Una mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo, había bastante margen para esa exigencia; ella era dúctil. Toda una calamidad que él no pudiese ver; pero esa no era la peor desgracia. La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a su alcance, la ayuda de Mariana. El menospreciaba su protección. Y Mariana hubiera querido -sinceramente, cariñosamente, piadosamente- protegerlo.
 
Bueno, eso era antes; ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron rodeados de un halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose solícita. Después fue un temor horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. El estaba agresivo, dispuesto siempre a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era increíble cómo hallaba a menudo, aún en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego. Y siempre desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si ésta oficiara de muro de contención para el incómodo estupor de los otros.

Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal.

"Que otoño desgraciado", dijo, "¿Te fijaste?" La pregunta era para ella.

"No", respondió José Claudio. "Fijate vos por mí."

Alberto la miró. Durante el silencio, se sonrieron. Al margen de José Claudio, y sin embargo, a propósito de él. De pronto Mariana supo que se había puesto linda. Siempre que miraba a Alberto se ponía linda. El se lo había dicho por primera vez la noche del 23 de abril del año pasado, hacía exactamente un año y ocho días: una noche en que José Claudio le había gritado cosas muy feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente triste, durante horas y horas, es decir, hasta que había encontrado el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura. ¿De dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la gente? Ella estaba con él, o simplemente lo miraba, y sabía de inmediato que él la estaba sacando del apuro. "Gracias", había dicho entonces. Y todavía ahora la palabra llegaba a sus labios directamente desde su corazón, sin razonamientos intermediarios, sin usura. Su amor hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud, pero eso (que ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo. Para ella, querer había sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José Claudio, en los buenos tiempos, le había agradecido que él, tan brillante, tan lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. Había fallado en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y había fallado tan luego en la ocasión más absurdamente favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla más.

A Alberto, en cambio, le agradecía el impulso inicial, la generosidad de ese primer socorro que la había salvado de su propio caos, y, sobre todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había provocado su gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila, un respetuoso de su hermano, un fanático del equilibrio, pero también, y en definitiva, un solitario. Durante años y años, Alberto y ella habían mantenido una relación superficialmente cariñosa, que se detenía con espontánea discreción en los umbrales del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba entrever una solidaridad algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la aparente felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que él consideraba encantadora. En realidad, no hacía mucho que Mariana había obtenido a confesión de que la imperturbable soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.

"Y ayer estuvo Trelles", estaba diciendo José Claudio, "a hacerme la clásica visita adulona que el personal de la fábrica me consagra una vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a la suerte y el que pierde se embroma y viene a verme."

"También puede ser que te aprecien", dijo Alberto, "que conserven un buen recuerdo del tiempo en que los dirigías, que realmente estén preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable como te parece de un tiempo a esta parte."

"Qué bien. Todos los días se aprende algo nuevo." La sonrisa fue acompañada de un breve resoplido, destinado a inscribirse en otro nivel de ironía.

Cuando Mariana había recurrido a Alberto en busca de protección, de consejo, de cariño, había tenido de inmediato la certidumbre de que a su vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba tan necesitado de amparo como ella misma, de que allí, todavía tensa de escrúpulos y quizás de pudor, había una razonable desesperación de la que ella comenzó a sentirse responsable. Por eso, justamente, había provocado su gratitud, por no decírselo con todas las letras, por simplemente dejar que él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás, por sólo permitir que él ajustara a la imprevista realidad aquellas imágenes de ella misma que había hecho transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus melancólicos insomnios. Pero la gratitud pronto fue desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto para la mutua revelación, como si sólo hubiera faltado que se miraran a los ojos para confrontar y compensar sus afanes, a los pocos días lo más importante estuvo dicho y los encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de pronto que su corazón se había ensanchado y que el mundo era nada más que eso: Alberto y ella.

 "Ahora sí podés calentar el café", dijo José Claudio, y Mariana se inclinó sobre la mesita ratona para encender el mecherito. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un triángulo.

Después se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo que esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla. Qué delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente y los dedos largos, afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera vez que Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había sentido terriblemente inquieta, con los músculos anudados en una dolorosa contracción que le había impedido disfrutar de la caricia. Ahora no. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar. Le parecía que la ceguera de José Claudio era una especie de protección divina.

Sentado frente a ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con beatitud. Con el tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una especie de rito y, ahora mismo, Mariana estaba en condiciones de aguardar el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes, la mano acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió lentamente la mejilla y el mentón. Finalmente se detuvo sobre los labios entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos. Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo. Ajeno, reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía siempre un poco de temor. Un temor que no tenía razón de ser, ya que en el ejercicio de esa caricia púdica, riesgosa, insolente, ambos habían llegado a una técnica tan perfecta como silenciosa.

 "No lo dejes hervir", dijo José Claudio.
 
La mano de Alberto se retiró y Mariana volvió a inclinarse sobre la mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la tapa de vidrio y llenó los pocillos directamente desde la cafetera.

 Todos los días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería el verde para José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para ella. Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero antes de dejarlo en sus manos, se encontró con la extraña, apretada sonrisa. Se encontró además, con unas palabras que sonaban más o menos así: "No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo."
 
Mario Benedetti (1959)
 
 
Respondé:
 
 
1. ¿A qué género pertenece este relato? ¿Por qué?
2. ¿Qué tramas predominan en él?
3. ¿Desde la perspectiva de cuál de los personajes está narrado?
4. Subrayá los temas que consideres centrales en este cuento: infidelidad, ceguera, rencor, mentira, desconfianza, amor, odio, incomprensión.
5. Explicá qué significan las siguientes expresiones:
"Estoy podrido de mi notable salud sin ojos."
"Siempre que miraba a Alberto se ponía linda."
…la imperturbable soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.
…los encuentros furtivos menudearon.
 
"Ahora el encendedor ya no servía"
 
"Le gustaba verlos así, formando un triángulo"
 
 
 
 

 

lunes, 16 de septiembre de 2013

Más cuentos policiales


 

 
Franco Suárez, Mariano Maldonado, Matías Luna y Héctor Manuel nos traen esta historia en las apacibles calles de Colegiales
 
 
 
VIVIR Y MORIR EN LA CALLE
 Era el año 2003, estaba saliendo del tribunal donde mi último caso había sido resuelto, llegué a la jefatura donde mi jefe me esperaba con un nuevo trabajo.
-Stone, lo quiero en mi oficina en cinco minutos- Dijo con tono serio.
-¿Para que me necesitaba, jefe?-
-Encontraron un cadáver debajo de un andén, te quiero en la escena del crimen de inmediato.
Me dirigí a la estación donde la policía me estaba esperando.
-¿Qué encontró?- Le pregunté al sargento.
-Nada, además del cadáver, un poco de sangre, todavía no sabemos la causa de la muerte.
-¿No le molesta si investigo un poco?
-Claro que no detective.
Una botella de whisky vacía yacía rota al lado de un cuerpo inmóvil, sucio, rodeado, mejor dicho bañado en sangre. El cuerpo estaba bastante golpeado, pero no había ni puñaladas o agujeros de bala, me detuve a ver el cuerpo más de cerca y en el cuello encontré marcas de soga, obviamente lo habían ahorcado.
Me encontré con el sargento y le dije:
-La causa de la muerte fue ahorcamiento, ahora solo falta encontrar a algún testigo y al culpable.
-Buen trabajo detective, voy a ir con el jefe para informarle sobre nuestro progreso.
-De acuerdo, me voy a quedar acá  a buscar testigos.
Busqué y pregunté a la gente si habían visto algo, no tuve resultados con mi investigación. Hasta que, de milagro, un vagabundo apareció.
Me acerqué a él para interrogarlo:
-Disculpe ¿vio algo de lo que pasó aquí?-Un fuerte olor a alcohol emanaba de él, creo que no tenía caso hablar con un borracho.
-Lo vi todo pero mi mente está bloqueada. Quizás con un trago que usted me invite pueda acordarme de todo.
Con mi nuevo amigo nos dirigimos al bar más cercano, un lugar sórdido y de poca monta, nos dirigimos a la barra y un hombre de aspecto turbio nos preguntó:
-¿Qué van a tomar señores?
-Coñac ¿tiene?
-No.
-Vino ¿quizás?
-Tampoco, solo tenemos agua y cerveza.
-Bueno, un vaso de agua para mí y cerveza para mi amigo aquí.
Mientras esperábamos los vasos aproveché para hacerle algunas preguntas:
-¿Qué llego a ver?-
 -Solo vi que de un auto lujoso tiraron el cuerpo. Un hombre bajó y lo tiró debajo del andén envuelto en una manta.
-Y antes de eso ¿vio algo, alguna persona que haya hablado con él?
-Ahora que lo menciona sí, vi algo, era una chica joven y linda que estaba caminando por la calle, cuando por detrás un hombre la agarró y la golpeó, intentando abusar de ella, pero entonces salí corriendo para ayudarla y logré golpear al sujeto, pero pudo escapar. No pude reconocerlo porque estaba encapuchado, entonces me acerqué a la chica para ver cómo estaba y solo tenía unos moretones, esto sucedió una semana antes de que apareciera el cadáver. También recuerdo que dos días después vi a un linyera que le robó a un hombre gordo, parecía un guardaespaldas o un guardia, que estaba distraído hablando con otra persona. Al darse cuenta el guardia intentó correrlo, pero debido a su estado físico no logró alcanzarlo.  Eso es todo lo que me acuerdo hasta el momento.
-Bueno muchas gracias por su cooperación, si logra recordar algo más me puede encontrar en la comisaria primera.
Me dirigí a la jefatura a investigar un poco sobre la muchacha de la que me había hablado y en los expedientes encontré la denuncia, supuestamente lo atraparon por su crimen, pero lo dejaron libre al siguiente día por falta de pruebas. La joven vive en la calle Cramer y Teodoro García, exactamente a la salida de la estación.
Me dirigí a su departamento para interrogarla. A las seis de la tarde saliendo de la estación la vi, bella, hermosa chica. Me acerqué a hablarle.
-Disculpe señorita-
-¿Qué necesita?- Preguntó asustada.
-No tema- Le dije entrando en confianza –Soy detective de la policía, estoy investigando el asesinato de un vagabundo y revisando, vi una denuncia suya sobre una violación.
-Sí, yo radiqué esa denuncia, no fue una violación, pero sí un intento.
-Podría contarme, claro, con su consentimiento.
-El hombre estaba ebrio, demasiado como para no darse cuenta de que estaba en situación de calle. No me dio tiempo a nada, me atacó por la espalda, por suerte le pegué donde más le duele y salí corriendo en busca de ayuda.
-Bueno, muchas gracias, y ya que estoy aquí ¿no sabe si alguien más interactuó con el vagabundo?
-Ahora que lo menciona sí, vi a un compañero mío, guardia de seguridad, que le daba unas monedas y el maldito trató de robarle la billetera.
-Bueno nuevamente gracias por su ayuda, si no le molesta la llamaré para citarla a la comisaria.
-No pensara que soy yo- Me respondió enojada.
-Claro que no, pero también pienso que pudo haber sido cualquiera, incluso usted.
Fui a la comisaria a informarle al jefe sobre el progreso.
-Acabo de interrogar a uno de los sospechosos, una joven secretaria-
-¿Y en qué progresamos, Stone?
-Un compañero de trabajo de la joven, un guardia de seguridad, el sujeto estaba distraído y él trato de robarlo.
-¿Sabes dónde trabaja?
-Sí, en las torres corporativas de ICBC.
-Muy bien, quiero que con una patrulla traigas a ese hombre.
-De acuerdo jefe.
Era una de las primeras veces en las que el jefe me felicitaba por el progreso de un caso. Me dirigí al puerto a las torres corporativas  del banco ICBC. Apenas llegué, un guardia me atendió.
-Buen día ¿en qué lo puedo ayudar?
-Estoy buscando a Matías Hernández, es guardia de seguridad aquí.
-Soy yo ¿qué necesita?
-Soy detective de la Policía Federal. Estoy trabajando en un caso de homicidio y lo tengo a usted como sospechoso.
-Homicidio, ¿yo?, no puede ser, yo no tengo nada que ver…- Se notaba que ese hombre estaba ocultando algo.
-Alto, que yo no vine a arrestar a nadie aquí, de momento, una compañera suya nos dijo que usted le había dado unas monedas a un vagabundo y él intentó robarle.
-Sí, es cierto.
-¿Y por qué no lo denunció?
-No era nada, una escoria de la sociedad, una rata sarnosa de las alcantarillas.
-Palabras duras por no ser nada. Bueno, aquí estoy hecho por el momento, agradezco su ayuda. Déjeme su dirección, así desde la comisaria le enviaremos un citatorio para declarar.
Luego de que me pasó su dirección me dirigí hacia la morgue del juzgado para examinar el cadáver.
Entré a la morgue y le pedí a los empleados que me mostraran el cadáver.
Sacaron el cadáver, la verdad que se veía mejor en muerte que en vida, pero eso no era lo importante. Examiné el cadáver bien de cerca y me di cuenta de que la soga había sido tomada por los extremos y tirado fuertemente hasta el ahogamiento del sujeto.
Volví a la jefatura donde el jefe me estaba esperando.
-¿Algún avance en el caso, Stone?
-¿Buen día?-
-Sí, claro buen día, ¿algún avance en el caso?
-El guardia del banco parecía nervioso, cuando le hablé sobre el homicidio parecía que tenía algo que ocultar, y al igual que la secretaria pensaron que los iba a arrestar como si ellos hubiesen sido los asesinos, además las marcas de soga que tenía el vago en el cuello no lo rodeaba del todo, como si alguien hubiese estado teniendo la soga cuando lo mató.
Volví a la estación a reflexionar sobre los sospechosos y ver si el forense había descubierto algo nuevo acerca del cuerpo o la escena del crimen. Al llegar el forense me dijo algo que le dio un gran giro al caso:
-Este cuerpo ya lleva dos días muerto, no se le nota en el cuerpo ya que lo pusieron en hielo para evitar la descomposición, se le puede notar por estas quemaduras, ya que la piel al estar tocando el hielo por un tiempo considerable produce estas quemaduras, algo irónico al tratarse del hielo.
-No hay nada nuevo excepto una manta cercana, tal parece que el vagabundo dormía debajo de los andenes, pero hay algo que no concuerda la manta que encontramos. Estaba mojada y no ha llovido desde hace como dos semanas.
Al saber esto me dirigí con el jefe para informarle de los nuevos acontecimientos en el caso:
-Jefe- Le dije con ansias. –Encontramos la manta en la cual el linyera dormía, me dijeron que estaba húmeda pero hace tiempo que no llueve.  
-Quiero que la inspeccione para saber si esa humedad no es sangre.
Me dirigí al laboratorio para ver si podían hacer algo con la manta:
-Disculpen que los moleste, otra vez, en este día pero necesito todas las pruebas que tengan de la manta.
-Si, como no detective. La humedad de la sabana era sangre, también tenemos el ADN del sujeto asesinado, lo buscamos en nuestra base de datos, el sujeto se llama José Ramírez, tenía 46 años y pasó 14  años en la calle, su familia lo había abandonado, tuvo 15 cargos por robo y otros 3 por disturbios en la vía pública.
-Digamos que tenía una vida ocupada.
-¿Descubrieron algo más?
-Sí, descubrimos otro ADN  además del linyera pero no está en nuestra base de datos.
-Quiero que manden ese ADN al departamento de identidad, quizás ellos tengan una base de datos de la gente que viene aquí por barco.
Luego de esto le informé al jefe sobre los nuevos acontecimientos:
-Buen avance, hay otro sospechoso, se supone que es un traficante al cual el vago le debía plata, quiero que lo investigues. Lo podrás encontrar en San Isidro, para ser más exactos lo encontraras en el club Kansas.
-De acuerdo jefe, voy de inmediato-
Tras un largo viaje me encontré delante de un bar elegante y sofisticado, donde solo iba la gente de buena posición. Al fondo de todo estaba él, rodeado de hermosas mujeres. Me acerqué y le dije:
-No le quiero interrumpir su fiestita, pero necesito hacerle unas preguntas.
-De acuerdo, pero que sea rápido, a las chicas no les gusta esperar.
-Soy el detective Stone, estoy investigando un homicidio.
-¿Y qué tengo yo que ver en eso?
 -Uno de sus clientes fue hallado muerto cerca de su domicilio.
-No entiendo de lo que me habla.
-No andemos con vueltas, ese hombre le debía plata a usted.
-Sigo sin entender.
-No se haga el tonto señor, todo el mundo aquí sabe que usted es un traficante y que ese linyera le debía plata.
-Y sugiere que un empresario famoso como yo habría asesinado a un linyera ¿Con qué motivos?
-No le estoy diciendo que le debía plata el sujeto a usted, mire eeh… ¿cómo dijo que era su nombre?
-Morrison, James Morrison.
-Mire Morrison yo no estoy aquí por su asuntito con las drogas, yo soy detective de homicidios y nada más.
-De acuerdo, ¿qué quiere saber?
-Sé que ese hombre le compraba drogas mensualmente, y que su “última cuota” no había sido pagada.
-Es verdad, pero yo nunca lo mataría, es lo que denominaríamos un adicto. Él siempre volverá por más. Esa es la razón por la que yo nunca lo mataría, él conseguiría el dinero de una u otra forma.
-Sabe que eso no lo absuelve ¿verdad?
-Es cierto, eso lo tiene que hacer usted. Ahora, por favor si se puede retirar civilizadamente, tengo asuntos pendientes con esas damas.
 
Salí del laboratorio y en mi oficina me esperaba una señora, su nombre era Beatriz Salomón y me dijo algo que cambió el rumbo de la investigación:
-Yo vi cuando se llevaron al hombre que apareció muerto.- Me dijo aterrada.
-¿Qué? ¿Cómo fue?- le respondí sorprendido.
-Yo estaba en mi terraza colgando ropa, cuando escuché gritos y me asomé a ver qué pasaba y entonces observé que un hombre robusto estaba golpeando a un linyera, y luego lo metió dentro de un auto.
-¿Llegó a ver su rostro?
-No, porque el hombre estaba de espaldas.
La mujer dejó sus datos y se fue apurada. Un momento después se oyó un disparo. Presurosos junto con el jefe salimos a  ver qué había pasado. Rodeado de sangre yacía el cuerpo de Beatriz con un agujero de bala en la cabeza. Enseguida comencé a mirar para ver si localizaba de dónde se había ejecutado el disparo, y entonces noté que en una de las ventanas del edificio de enfrente se observaba  la punta de un arma. Entonces crucé la calle y me propuse a revisar el apartamento.
-¿Usted sabe si entró alguien a este edificio con algo sospechoso?
-Hace un rato entró un hombre con un maletín bastante grande. Entró en el 4º “A”.
-¿Quién vive allí?
-Nadie, yo lo limpio de vez en cuando, tengo la llave.
-¿Me daría la llave?
-¿Y quién es usted para pedir eso?
-Detective Stone, Policía Federal.
-De acuerdo, aquí tiene.
Cuando llegué, el lugar estaba vacío, en la ventana estaba el arma homicida,  un rifle de francotirador bastante complejo.
-Que la otra división investigue esto y me informe quién fue el francotirador, quizás nos diga quien lo contrató.
-De acuerdo detective.
Me dirigí a la sala de interrogatorios luego de haber citado a los tres sospechosos.
-¿Quién de los tres crees que fue, Stone?- Me preguntó el jefe.
-Tengo algunas ideas. La secretaria no pudo haber sido.
-¿Por qué?
-Dejando el machismo de lado la secretaria no posee tanta fuerza como para haber dejado esas marcas en el cuello del linyera, tampoco tenía suficiente plata como para pagarle a un francotirador. Eso solo nos deja con Morrison y con el guardia de seguridad.
-Y de ellos dos ¿Quién crees que fue?-
-Fue Morrison- Afirmé con seguridad.
-¿Cómo sabes?-
-Es el único con una causa razonable, él vendía drogas, el linyera le debía dinero y todo termino así, en un crimen.
En ese momento, el jefe me dijo que entrara en la sala de interrogatorio y lo arrestara:
-Morrison, quedas arrestado, tienes derecho a guardar silencio y tienes derecho a un abogado. Si no tienes dinero,  estado te asignara uno de oficio.
-El dinero es lo de menos.
 
 
En el tribunal el caso estaba por empezar.
-Orden, orden en la sala- Gritó la jueza.
-James Morrison, se le acusa de asesinato doble y de tráfico de drogas ¿cómo se declara ante eso?
-Inocente.
-Nosotros tenemos pruebas que lo inculpan.
-¿Cuáles?-
-El departamento de identidad nos confirmó que el segundo ADN que aparecía en la manta eran sus huellas dactilares y un testigo nos informó de que usted hacia tratos con ese linyera ¿Qué tiene que decir ante eso?
-Sigo diciendo que soy inocente y esa es mi última palabra-
Luego 3 días de espera fuimos citados nuevamente al tribunal ya que el jurado tenía preparado su veredicto:
-Como lo declara el jurado-
-El jurado lo encuentra culpable su señoría-
-¿Y qué si lo maté yo? A nadie le importaría si  total era una persona de la calle.
-James Morrison queda sentenciado a cadena perpetua.
-¿Y qué?, con el dinero que tengo saldré mañana.
-No crea eso en este mismo tribunal se encuentra la INTERPOL listo para llevárselo a prisión por narcotráfico.
Y así fue como resolví otro caso más pero dos vidas fueron borradas de la faz de la tierra solo por unos míseros billetes, hasta donde llegara la ineptitud de algunas personas.

 


A Kevin Aricoma, Manuel Ruiz, Matías Speranza y Matías Stramesi no les gusta que los crímenes del pasado queden impunes.

 

 

Un crimen olvidado
Capítulo I “Una visita hacia el pasado”
Hoy estoy en el juzgado que marcó mi infancia. Hace 10 años vine por primera vez por un crimen y hoy estoy buscando unos archivos muy viejos para investigarlo de nuevo. Gracias a la ayuda de un amigo que es abogado, pude llegar a conseguir estos expedientes. Parecía un caso normal pero mi padre se obsesionó tanto que lo llevó a una muerte buscada que fue violenta para callarlo. Con extrema cautela me llevé los archivos que necesitaba para mi casa y le agradecí a mi amigo.
Una mañana en mi casa pude leer esos papeles con tranquilidad y me llevé muchas sorpresas del crimen de Victoria Cruz, un caso que no olvidé fácilmente.


Capítulo II “Una vida de cuento”
Victoria Cruz tenía 27 años al momento de su muerte. Era una mujer hermosa con una vida de modelo llena de aventuras, viajes y lujos. Ella pensaba que vivía en un mundo de fantasía ya que tenía todo a su alcance fácilmente pero detrás de eso había otros que se esforzaban por colgarse de su fama o crearle algún escándalo. Al momento de elegir amistades se le hacía difícil escoger bien por sus malas experiencias anteriores.
Sus relaciones con los hombres tampoco eran buenas a excepción de su mejor amigo desde la infancia Agustín Quiroga, famoso periodista que pudo cosechar su éxito gracias a la ayuda de la modelo pero él, tiempo antes de la muerte de la modelo, estaba pasando por un mal momento profesional. Aunque en lo personal, siempre estaba con ella para lo que necesitara. Victoria, inconscientemente, se aprovechaba de Agustín a veces y lo trataba como un asistente más.
Dos años antes de su muerte en uno de sus viajes Cruz conoció a Cristian Ortiz, un empresario no muy conocido que empezaba a trabajar como inversor en la agencia de modelos. Ellos comenzaron un noviazgo tiempo después de conocerse y se creía que estaban profundamente enamorados.




Capítulo III “Un viaje que llevó a una tragedia”
En su último viaje de vuelta a Buenos Aires estaba con su novio en primera clase, los dos callados por haber tenido una pequeña discusión antes de subirse al avión. En ese viaje largo en un momento aparece la azafata ofreciéndole a los dos algo para comer o beber.
-¿Qué se les ofrece? -preguntó amablemente la azafata.
-Nada por ahora, gracias. Responde Victoria.
-¿Usted, señor?
-Sí, un White Horse. -le dice Cristian   
-Ok, el costo es adicional e irá a su cuenta.
-Gracias, muy amable.
De repente Victoria cortó la conversación diciendo:
-A este no le traigas nada, yo pagué el pasaje y él no va a tomar nada.
-Mira, la agencia paga el pasaje y como vos me invitas ¡puedo elegir qué tomar! Respondió furioso Cristian.
-¿¡Pero quién te creés!? Estoy cansada de tu soberbia.
Hasta aquí había llegado esa conversación, que encontré en los expedientes, pero según se supo por las declaraciones luego de una larga pelea llegaron a la ciudad y cada uno tomó su rumbo y no se hablaron por un tiempo.
Al tanto de todos los hechos ocurridos, su amigo la invita a una fiesta organizada por él, en donde se esperaba que ocurriera algún escándalo, y le da una habitación a Victoria. Era una fiesta lujosa, con un pequeño desfile y muchos famosos. Allí apareció Victoria, con un vestido negro que atrajo la atención de mucha gente, entre ellos periodistas que trataban de conseguir los chimentos tan buscados. Se quedó un rato pero se la veía de mal humor y se fue a su habitación. Tuvo varias visitas de famosos y amigos que pensaban que a Victoria le había pasado algo. Pasada la medianoche y mientras seguía la fiesta, ella se fue a una habitación que había reservado antes, luego el amigo entró para conversar un momento con ella y luego se fue.  Esa misma noche entra sigilosamente alguien a la habitación y al día siguiente, Victoria  apareció muerta con muchas puñaladas en el cuello y una en la espalda. También tenía rastros de rasguños.
Este fue el punto en donde mi padre empezó a investigar.


Capítulo IV “Una muerte anunciada”           
La policía empezó a investigar a la mañana siguiente de descubierto del homicidio. Lo primero que consiguió fueron los testimonios de algunas personas que habían participado de la fiesta y de los mozos. Una persona declaró escuchar gritos y unos fuertes portazos pero en dos ocasiones. La familia buscó una ayuda más profesional y recurrió a mi padre, un detective poco conocido aquí en Argentina, llamado Carles García. Él inmediatamente fue a ver a las últimas personas cercanas a ella, su mejor amigo y el novio. Agustín fue el primero a quien acudió. Estaba shockeado por la muerte y no sabía qué decir. ”No se pudo salvar”, le dijo a mi padre. Él estaba seguro de que algo había pasado horas antes, y que él no tenía nada que ver. Dialogaron, y Agustín dijo que había tenido una charla antes de su muerte. ”No se pudo salvar”, le dijo a mi padre. Allí Victoria le había contado sobre una pelea con su novio. Después de esto Agustín recorrió la escena del crimen porque estaba encargado de la investigación periodística.
Fue a buscar al novio y este se sorprendió. Le contó a mi padre sobre el viaje que habían hecho él y Victoria días antes, minimizó la discusión que tuvieron en el avión e hizo como si nada hubiese pasado. Dudando, Carles decidió ir más allá e investigar esa “pelea” y encontró a la azafata, que recién unos días después declaró que la pelea no fue más que una simple discusión de pareja, pero no amplió la declaración.
La investigación ya había quedaba en la nada y no había ni un sospechoso firme ni pistas. La culpable del crimen se encontraba nerviosa en otra parte. Era una sicaria profesional que había sido contratada para matar a Victoria. Descontenta por su paga decide comunicarse con quien la contrató y le amenazó a su contratado con que le diera más dinero.       Este último sintió miedo y decidió llamar, sin darse a conocer, a Carles para inculpar a la sicaria.  Fue una llamada rápida y sin muchas pistas, por lo que García tenía la difícil misión de buscar las pistas que llevaran a la sicaria a la cárcel.
Entre archivos, expedientes y causas internacionales, esta sicaria había sido una persona muy buscada en toda Latinoamérica. Pero ella tenía sus contactos para poder salvarse de esas causas muchas veces. Cerca de encontrarla, Carles decidió seguir trabajando en su casa y dejó todos los archivos allí. La sicaria pudo enterarse que estaban cerca de atraparla por lo que ella quiso buscar a García para callarlo. Al día siguiente, en su oficina, aparece Carles García muerto y toda su oficina revuelta.


Capítulo V “Volviendo al caso”
Días después de la muerte de mi padre, nuestra familia estaba con mucho miedo .Además el caso había estallado en los medios y no nos dejaban en paz. La policía investigó la oficina de mi padre y al encontrar solo unas huellas digitales, no identificadas indagan en nuestra casa encontrando los papeles clave. Allí se indicaba todo lo investigado sobre la sicaria. Después de una búsqueda intensiva, se logró llegar a la sicaria, que fue detenida y declaró lo siguiente:


“Yo fui contratada por alguien que no conozco porque me manejo profesionalmente. Eso significa que quien me contrata deposita dinero en una cuenta y al recibirlo me encargo de mí trabajo. Ustedes por su cuenta averigüen quién fue que a mi también me gustaría saber quién me delató. ...Al saber de una investigación para atraparme a mí decidí buscar al detective, lo maté, pero las cosas salieron mal y aquí me tienen, detenida.”


En ese momento supe que la causa se terminaría para el afuera, pero para mí no. Había alguien más, un culpable que nadie se dedicó a investigar, ni mi propio padre, esa persona que había contratado a la sicaria era el culpable principal y me dije a mí mismo que algún día lo encontraría. Fueron muchos años de esfuerzo y trabajo para poder empezar mi investigación.
Después de tantos años no sabía por dónde empezar y decidí visitar a Quiroga.


Agustín era ahora el jefe de uno de los mejores diarios del país y decidí ir a verlo sin previo aviso. Cuando llegué, dije mi nombre completo y me dejaron pasar sin complicaciones pero antes de llegar a la oficina vinieron unos guardias y me negaron el acceso por seguridad. Cuando llegó Agustín se sorprendió al verme y me preguntó quién era. Con solo decir mi apellido se sorprendió, parece que no se olvidaba fácilmente de lo que había pasado. Al llegar me permitió el acceso a su oficina, me ofreció sentarme en una silla y me preguntó:
-¿Vos sos el hijo del detective Carles? Habló con mucha tranquilidad Quiroga. -Te pareces mucho.
-Así es, vine para hacerle unas simples preguntas del caso de Victoria Cruz.
-Como quieras, igual te digo que ese caso ya está cerrado hace una década y lo de tu padre también. No sé qué buscás acá.
-Pienso retomar el caso de mi padre, porque sé que hay alguien que está detrás de eso.
- Seguro que estás al tanto de lo que investigó tu padre y de que la sicaria confesó. Así que te podés ir. Yo sufrí bastante con todo eso, pensar que fui la última persona que la vio viva.
-¿Y la sicaria?
-Bueno, la última antes de la sicaria.¿Quieres preguntarme algo más?
-Si, ¿hubo testigos cerca de la escena del crimen?
-Que yo sepa no hubo nadie, todos estaban en la fiesta.
Eso sonó sospechoso porque siempre hay alguien que está en otro lado, no todo el mundo participaba en la fiesta.
-Bien, ¿usted entró a la habitación de ella?
-Sí, pero solo charlamos y me había contado sobre una discusión que tuvo con el novio en el avión. Yo siempre tuve la sospecha de él.
En ese momento me dio unos datos para encontrarlo.
-Perfecto, yo me ocuparé de su sospechoso  y trataré de recolectar más pistas, gracias. Ya volveré y le daré la primicia de quién fue.
-Buena suerte.
Luego, me fui a buscar inmediatamente al ex novio de la víctima. Por lo que me contó Quiroga, Ortiz era un hombre de negocios conocido de la zona que vivía solo pero tenía problemas con el alcohol y había protagonizado muchos problemas por eso. No me fue difícil encontrarlo y pude hablar con él. Fue una charla rápida sin puntos ni comas. solo me dijo lo mismo que a mi padre, que hubo una pequeña pelea, aunque igual no le creí.
En los papeles de mi padre había una sospechosa silenciosa, la azafata, y decidí contactarme con ella para saber lo que de verdad pasó. Vivía en un lujoso departamento en Recoleta y me pareció raro ¿Cómo una azafata podía vivir tan bien?. Ella no quiso abrirme, pero le dije que era policía, entonces no se resistió y me dejo pasar a su casa, pude convencerla para que me diera información, dijo que no hubo ninguna pelea pero cada pregunta que le hacía la ponía más nerviosa. Cuando pregunté sobre el whisky que servía en los aviones se quedó muda y comenzó a llorar. Luego de un rato más calmada pudo confesar lo que había ocurrido:
“Yo le di el whisky a Cristian pero entré, y él y Victoria seguían discutiendo. Ante la distracción se me cayó sobre el vestido de Victoria y ella se enojó mucho conmigo. Ortiz intentó defenderme, y fue allí donde entre insultos siguió la violencia, él le dio una cachetada fuerte que ella no pudo aguantar y se largó a llorar. La única testigo era yo y cuando todos vinieron Ortiz solo dijo que estaba triste porque se le arruinó su vestido pero yo sabía la verdad. Él me ofreció dinero para callar esto y yo acepté.
Desde entonces lo vengo extorsionando, necesito el dinero.”
-¿Problemas económicos, con este departamento? No veo eso.
-Bueno pero él es un exitoso y tiene mucho dinero, yo solo me defendí, además ya no me da nada.
-Algo no me queda claro, ¿Él tiene algo que ver en el crimen?
-Recientemente me confesó que no, por eso no me sigue dando plata, ya que sabe que mi confesión no sirve para nada.
Con todo lo necesario decidí irme y no ver más a esta “pobre” mujer, que de pobre no tenía nada.


Capítulo VI “Una confesión que derrumbó 10 años de misterio”
Luego de mi extensa charla con la azafata, me dirigí a mi casa para descansar y poner mi mente en blanco. Al otro día junte todas las cosas que pude investigar y traté de obtener la solución de este crimen. Parecía que todo encajaba pero no había un móvil que fuera firme. Había algo que no me cerraba de su fiesta y es que alguien tuvo que ayudar a la sicaria, porque sola no podría tener acceso a todo tan fácil. Y me decidí ir a la casa de quien ayudó a la sicaria, pero estaba la policía en su casa. Al entrar me sorprendí, Agustín se había suicidado en su casa y en su mano  había una carta:
“Esto quedará en manos de quien merezca leerlo. Escribo estas últimas palabras para poder descargarme. Fueron diez años bajo presión y ocultando mis sentimientos con una actitud fría y seria que no era antes así. Creo que es la mejor forma de recibir lo que merezco. Yo mandé matar a Victoria Cruz. Las razones son simples, la amaba demasiado, envidiaba que saliera con hombres con fortunas y lujos muy grandes que yo jamás le podría dar. Preparé la fiesta, conocía la habitación, contraté a la sicaria y me arrepentí días después. Yo veía que ella cambiaba de novio muy seguido. Después de un tiempo, cuando ví la oportunidad de decirle lo que sentía, le propuse de ser su novio, pero ella me dijo que  no, me rechazó fríamente como si lo que le pidiera estuviera totalmente prohibido, esa es la causa por la cual me vi obligado a matarla, no podía soportar verla con otro novio más, ya estaba harto. La sicaria me amenazó días después y el miedo hizo que confesara anónimamente quien fue y nada más se supo hasta ahora. Con mi experiencia afronté la situación pero no aguanto más. Adiós.”  
Todo cerraba, fue otro crimen pasional, pero dejó demasiadas víctimas. Agustin planeó la fiesta para matar a Victoria pero le dio una última oportunidad por su amor. Entonces al ir a la habitación se enteró de su pelea con el novio y pensó que al fin iban a estar juntos, pero ella siguió sin corresponderlo y hubo una discusión previa a la muerte. Al irse Agustín dejó la llave de la habitación puesta y fue así como la sicaria entró tan fácilmente. Días después Agustín fue amenazado y por eso confesó parte del crimen, fue allí donde mi padre investigó a la sicaria que lo terminaría matando.


Y llegamos al día de hoy, donde de una vez el que ideó este crimen podría recibir su merecido. Pero su sufrimiento de tantos años fue suficiente. Él dijo que Victoria no pudo salvarse, pero él tampoco.

 


Fogliano, Correa, Costa, Lambertti nos relatan un caso fuera de lo común
 
Un caso extremadamente raro
 
Llevo en esto ya casi 20 años, hoy en el día de mi jubilación, vengo a rebelar el caso más archivado y raro de toda mi carrera, y no sé si el de otros también.
Se trataba de un asesinato a mano armada, con un revolver de calibre 14. La víctima era mi ex compañero Carlos Dubini, en ese momento tenía 48 años de edad, divorciado hacía ya 20 años, ex detective, muy apreciado compañero y excelente amigo. Se lo encontró en un banco de la plaza central, con un agujero de bala que salió de oreja a oreja, también había una botella de agua y una nota que tenía como firma el número 102.
Yo estaba en la comisaria terminando una semana de intenso trabajo, porque el administrador de oficiales Ramírez se había ido de vacaciones a China, por ende hubo el doble de trabajo de lo habitual. Exhausto volvía hacia mi hogar, cuando me llama el comisario y me informa sobre el asesinato, me dijo que como había sido mi ex compañero, me merecía resolver ese caso.Ni bien terminó de hablar me fui rápidamente a la escena del crimen. Cuando llegué inmediatamente comencé a buscar pistas, encontré una nota, una botella de agua potable, y algo que me dejó perplejo, una lágrima, sí, una lágrima de Ramírez. Yo, que fui su amigo, lo conocía mejor que nadie. Nunca, pero nunca, había llorado, ni cuando su propio hijo falleció. Llamé a los forenses para que se llevaran el cuerpo, y lo examinaran, mientras tanto yo investigué su legajo y sus casos, buscaba alguna pista que me guiara hacia el asesino.
En los archivos encontré el caso que había marcado tanto la carrera de Carlos como la mía, el caso de la familia Costa, una familia de narcotraficantes, ladrones y violadores. Dicha familia estaba integrada por Mauro Costa, acusado de vender cocaína a través de las sandías que vendía en su vieja verdulería, Florencia Costa, acusada por intentar robar una joya que ella misma había encontrado en una expedición y por ultimo Benjamín Costa, acusado por trece intentos de violación y cuatro concretados. Los tres fueron descubiertos y esposados por Carlos y por mí. Cuando los encerramos en la cárcel, nos juraron venganza, que cuando salieran de esa jaula nos encontrarían y nos degollarían, ¿lindo, no?
Inmediatamente fui a su casa, ya que hacía tres meses que los habían dejado en libertad porque ya habían cumplido con su condena. Llegué a su casa, y me recibieron con los brazos abiertos, y lo primero que me dijeron los tres casi al mismo tiempo es “Perdón por la amenaza”.
Los interrogué, charlamos casi toda la noche, me contaron que antes de fallecer también los visitaba Carlos. Terminada la conversación me volví a mi casa. Pareciera chiste, pero no bien llego y me saco los zapatos, me llama el comisario para informarme que encontraron a los tres Costas muertos. Las personas a las que había visitado para resolver este caso morían. Ya no sabía qué pensar, mis únicos sospechosos habían muerto, lo único que me quedaba era ir a examinarlos. Termino de ver los cadáveres, y de casualidad, comparando los cuerpos de los Costa con el de Carlos, me di cuenta que tenían exactamente la misma forma de asesinato y los mismos objetos alrededor, una botella o vaso con agua, un revólver como arma homicida, y una nota con 102 como firma. Eso significaba que era el mismo asesino. Llamé a la comisaria y me atendió Ramírez, que ya había vuelto de sus vacaciones, con su mal humor característico. Le informé lo que había investigado hasta ese momento. Me contestó con sarcasmo y colgó.
Volví rendido a mi casa y mirando tele recordé mi ascenso a detective. Era una competencia entre dos por el ascenso, y el perdedor se quedaba en el mismo puesto, la competencia era nada más ni nada menos entre Ramírez y yo. Obviamente el puesto me lo gané yo y a Ramírez lo degradaron a administrador, de ahí comenzó su mal humor hacia mí cada vez que me ve.
En ese exacto momento me di cuenta de quién era el asesino, era una persona conocida, alguien que sabía exactamente dónde estaba, alguien que hubiera acumulado mucho odio hacia mí con el paso del tiempo. Sí, Ramírez era el asesino. Contento por haber resuelto el caso, me senté en mi sillón favorito, con un buen vaso de agua helada me puse a ver tele, tome un sorbo y me quedé petrificado, no podía mover ninguno de mis músculos excepto la boca y los ojos. En ese momento lo veo a Ramírez entrar por la puerta:
-Al fin te atrapé - me dijo sonriendo
-¿Qué me hiciste? ¿Por qué no me puedo mover?
-En mi viaje a la China, encontré una sustancia no mortal que al mezclarse con algún elemento líquido actúa como un tensionante  muscular, que deja inmóvil al que lo bebe.
Mientras el alardeaba sobre cómo me había atrapado, yo me concentre en alcanzar mi arma.
Me apuntó a la cabeza, pero antes de que jalara el gatillo, logré disparar mi arma y darle en una pierna. Cuando esto sucedió, el veneno perdió efecto y me pude levantar, lo esposé y lo llevé a la comisaría. Cuando ya me estaba retirando le pregunté por qué matar a los Costa y a Dubini:
-        Fácil, tu ex compañero había descubierto mis planes, y obviamente no podía dejar que te los revelase a ti, pero antes de su ejecución, fue a hablar con los Costa y les contó su hallazgo. No fue nada personal contra ellos, mi objetivo siempre fuiste vos.