domingo, 6 de noviembre de 2011

TEATRO ISABELINO -MACBETH de Shakespeare




TEATRO ISABELINO

Isabel reinó en Inglaterra entre 1558 y 1603. En este período escribió Shakespeare sus obras. Shakespeare, como otros autores y actores, formaba de parte de una compañía teatral. Estas compañías, muchas veces eran ayudadas económicamente por nobles. Esta relación se denominaba “patronazgo”.

Las características del teatro isabelino son muy distintas de las del teatro clásico. Hay libertad creativa y se rompe con la preceptiva enunciada por Aristóteles en su Poética, que en épocas anteriores se había seguido respetando.

Algunas de las características de las obras de Shakespeare son:

Ø  Organización de las tramas: muchos enredos, equívocos. Desarrollo de acciones simultáneas: se muestra lo que sucede en un lugar y luego lo que está sucediendo en ese mismo momento, en otra parte.
Ø  Poca escenografía: los espacios se construyen con la palabra. Esto otorga libertad creativa porque no dependen de una escenografía que, a veces, por lo costosa, no se hubiera podido construir.
Ø  Reflexión sobre temas de la época: independientemente del conflicto planteado en la obra, muchas veces los personajes reflexionan sobre temas universales (“¿Ser o no ser?”)
Ø  -No se respetan las unidades aristotélicas de tiempo, lugar y acción.
Ø  No se separan rígidamente lo trágico y lo cómico: en algunas tragedias aparecen elementos cómicos.
Ø  Personajes complejos y pasionales: reflexionan sobre sus dudas y sus miedos, y el recurso utilizado para transmitirlo al espectador es el monólogo.




MACBETH    de William Shakespeare

Luego de triunfar en una batalla, los oficiales del rey Duncan, Macbeth y Banquo, se encuentran en un bosque con tres brujas. Ellas presagian que Macbeth será nombrado señor de Caudor y luego rey, y a Banquo, que engendrará reyes. Macbeth es nombrado señor de Caudor y le cuenta a la mujer cómo se cumplió la primera parte del presagio. Juntos, planifican hacer que se cumpla la segunda parte, matando al rey Duncan para que Macbeth se transforme en rey de Escocia. Lo hacen y los hijos del rey muerto escapan al exterior para que no los maten por ser ellos los legítimos herederos. Macbeth se convierte en rey, pero para sostenerse en el trono, recurre a varios asesinatos y conspiraciones. Un grupo de nobles patriotas prepara, desde el exilio, una conspiración para derribar a Macbeth. Este se prepara para enfrentárseles y, mientras tanto, su mujer, Lady Macbeth, ha enloquecido por la culpa. Así se inicia el Acto V.

ACTO V
Escena I
En una habitación del castillo de Dunsinania.
(Entran un MÉDICO y una DAMA de compañía)

MÉDICO. -He velado dos noches con vos, mas no he visto que sea cierta vuestra historia. ¿Cuándo fue la última vez que paseó dormida?
DAMA -Desde que Su Majestad salió con el ejército la he visto levantarse, ponerse la bata, abrir su escritorio, sacar papel, doblarlo, escribir en él, leerlo, sellarlo y después acostarse. Y todo en el más profundo sueño.
MÉDICO. -Gran alteración de la naturaleza, gozar el beneficio del sueño a la vez que conducirse igual que en la vigilia. En tal trastorno soñoliento, además de caminar y otras acciones, ¿la habéis oído decir algo alguna vez?
DAMA. -Sí, señor. Cosas que no repetiré. 
MÉDICO. -Conmigo podéis y conviene que lo hagáis. 
DAMA. -Ni con vos ni con nadie, no teniendo testigos que me apoyen.
(Entra LADY MACBETH con una vela)
Mirad, ahí llega. Así es como sale, y os juro que está bien dormida. Escondeos y observadla. 
MÉDICO. -¿De dónde ha sacado esa luz? 
DAMA.  -La tenía a su lado. Siempre tiene una luz a su lado. Fue orden suya.
MÉDICO. -¿Véis? Tiene los ojos abiertos.
DAMA. -Sí, pero la vista cerrada.
MÉDICO. -¿Qué hace ahora? Mirad cómo se frota las manos.
DAMA. -Acostumbra a hacerlo como si se lavara las manos. La he visto seguir así un cuarto de hora.
LADY MACBETH. -Aún queda una mancha.
MÉDICO. -¡Chsss..! Está hablando. Anotaré lo que diga para asegurar mi memoria.
LADY MACBETH. -¡Fuera, maldita mancha! ¡Fuera digo!  La una, las dos; es el momento de hacerlo. El infierno es sombrío. ¡Cómo, mi señor! ¿Un soldado y con miedo? ¿Por qué temer que se conozca si nadie nos puede pedir cuentas? Mas, ¿quién iba a pensar que el viejo tendría tanta sangre?
MÉDICO. -¿Os fijáis?
LADY MACBETH. -El Barón de Fife tenía esposa. ¿Dónde está ahora? ¡Ah! ¿Nunca tendré limpias estas manos?  Ya basta, mi señor; ya basta. Lo estropeas todo con tu pánico.
MÉDICO. -¡Vaya! Sabéis lo que no debíais.
DAMA. -Ha dicho lo que no debía, estoy segura. Lo que sabe, sólo Dios lo sabe.
LADY MACBETH. -Aún queda olor a sangre. Todos los perfumes de Arabia no darán fragancia a esta mano mía. ¡Ah, ah, ah!
MÉDICO. -¡Qué suspiro! Grave carga la de su corazón.
DAMA. -Ni por toda la realeza de su cuerpo llevaría yo en el pecho un corazón así. 
MÉDICO. -Bien, bien, bien.
DAMA. -Dios quiera que así sea, señor.
MÉDICO. -A este mal no llega mi ciencia. Con todo, he conocido sonámbulos que murieron en su lecho santamente.
LADY MACBETH. -Lávate las manos, ponte la bata, no estés tan pálido: te repito que Banquo está enterrado; no puede salir de la tumba.
MÉDICO. -¿Es posible?
LADY MACBETH. -Acuéstate, acuéstate. Están llamando a la puerta. Ven, ven, ven, ven, dame la mano. Lo hecho no se puede deshacer. Acuéstate, acuéstate, acuéstate.
(Sale)
MÉDICO. -¿Va a acostarse?
DAMA. -Ahora mismo.
MÉDICO. -Corren temibles rumores; actos monstruosos engendran males monstruosos; almas viciadas  descargan sus secretos a una almohada sorda: más que un médico, necesita un sacerdote.  Dios, Dios nos perdone a todos. Cuidad de ella,  apartad de su lado cuanto pueda dañarla  y vigiladla de cerca. Buen descanso:  lo que he visto me aturde y deja asombrado.  Pienso, mas no me atrevo a hablar. 
DAMA. - Buenas noches, doctor.
(Salen)

Escena II

En un campamento, cerca de Dunsinane.
(Entran, con tambores y bandera, MENTETH, CATHNESS, ANGUS, LENNOX y soldados)

MENTETH. -El ejército inglés ya está cerca; lo mandan Malcolm, su tío Siward y el buen Macduff. La venganza arde en ellos: su justa causa movería al hombre más insensible a fiero y sangriento combate. 
ANGUS. -Los encontraremos junto al bosque de Birnam: es por donde vienen. 
CATHNESS. -¿Sabe alguien si Donalbain va con su hermano? 
LENNOX. -No, seguro que no. Tengo una lista de toda la nobleza: está el hijo de Siward y muchos imberbes que por vez primera ostentan su hombría. 
MENTETH. -¿Qué hace el tirano?
CATHNESS. -Fortifica reciamente el gran Dunsinane.  Unos dicen que está loco; otros, que le odian menos, lo llaman intrépida furia. Lo cierto es que no puede abrochar su mórbida causa en la correa del orden. 
ANGUS. -Ahora siente sus crímenes secretos pegados a las manos. Ahora, a cada instante,  las revueltas condenan su perfidia;  cuando manda, le obedecen porque manda,  nunca por afecto. Ahora ve que la realeza  le viene muy ancha, como ropa de gigante sobre un ladrón enano. 
MENTETH. -¿A quién puede extrañarle que sus nervios torturados se encojan de pavor, cuando todo lo que lleva en ese cuerpo se avergüenza de ocuparlo? 
CATHNESS. -Bien, en marcha, a rendir acatamiento a quien le corresponde. Vayamos al encuentro del médico que ha de sanar esta nación y derramemos con él cuantas gotas de sangre purguen nuestra patria. 
LENNOX. -Todas cuantas puedan regar la flor regia y anegar la mala hierba. ¡En marcha hacia Birnam!
(Salen marchando)

Escena III

En una habitación en el castillo de Dunsinane.
(Entran MACBETH, el MÉDICO y acompañamiento)

MACBETH. -¡No me traigáis más noticias! ¡Que huyan todos! Mientras el bosque de Birnam no venga a Dunsinane, no cederé al miedo. ¿Quién es el niño Malcolm? ¿No nació de mujer? Los espíritus que saben todo humano acontecer me aseguraron: «No temas, Macbeth. Nadie nacido de mujer tendrá poder sobre ti.» Conque huid, falsos barones, y mezclaos con esos epicúreos de ingleses: ni la mente que me guía ni mi pecho flaqueará en la duda o cejará por miedo.
(Entra un CRIADO) 
¡El diablo lo ponga negro, pálido imbécil! ¿De dónde sacaste esa cara de ganso?
CRIADO. -Señor, hay diez mil...
MACBETH. -¿Gansos, miserable?
CRIADO. -Soldados, señor.
MACBETH. -¡Aráñate la cara y colora ese miedo, hígados blandos! ¿Qué soldados, bobo? ¡Muerte a tu alma! Esas mejillas de lino mueven al espanto. ¿Qué soldados, cara de leche?
CRIADO. -Con permiso, el ejército inglés.
MACBETH. -¡Llévate esa cara!
[Sale el CRIADO.]
¡Seyton! - Se me encoge el alma cuando veo...  ¡Eh, Seyton! Este ataque asentará mi suerte o me destronará. He vivido bastante; la senda de mi vida ha llegado al otoño, a la hoja amarilla,  y lo que debe acompañar a la vejez, como honra, afecto, obediencia, amigos sin fin, no puedo pretenderlo. En su lugar, maldiciones, calladas, más profundas; palabras insinceras que mi pobre alma rehusaría, mas no se atreve. ¿Seyton?
(Entra SEYTON)
SEYTON. -¿Qué deseáis, Majestad? 
MACBETH. -¿Qué más noticias?
SEYTON. -Todas las que había se han confirmado.
MACBETH. -Lucharé hasta que arranquen la carne de mis huesos.  Tráeme la armadura.
SEYTON. -Aún no hace falta.
MACBETH. -Quiero ponérmela. Mandad más jinetes, batid el territorio, ahorcad al que hable de miedo. ¡La armadura! ¿Cómo está la enferma, doctor?
MÉDICO. -Más que una dolencia, señor, la atormenta una lluvia de visiones  que la tiene sin dormir. 
MACBETH. -Pues cúrala. ¿No puedes  tratar un alma enferma, arrancar  de la memoria un dolor arraigado,  borrar una angustia grabada en la mente y, con un dulce antídoto que haga olvidar,  extraer lo que ahoga su pecho  y le oprime el corazón? 
MÉDICO. -En eso el paciente debe ser su propio médico. 
MACBETH. -La medicina, a los perros! A mí no me sirve. Vamos, ponme la armadura. ¡Mi bastón de mando! Seyton, que salgan. Doctor, los barones huyen de mí. Vamos, rápido. Si puedes, doctor, examinar la orina de mi tierra, señalar su mal y devolverle su robusta y prístina salud te aplaudiría hasta que el eco a su vez te aplaudiera. Tira fuerte. ¿Qué ruibarbo, poción, medicamento nos purgaría de estos ingleses? ¿Sabes de ellos? 
MÉDICO. -Sí, Majestad. Vuestras medidas de guerra nos llevan a oír algo. 
MACBETH. -[a SEYTON] Eso tráetelo. Sólo temeré la muerte o la ruina si viene a Dunsinane el bosque de Birnam. 
MÉDICO [aparte]  Si me hubiera ido ya de Dunsinane, nunca por dinero habría de volver.
(Salen)

Escena IV
En un lugar cercano a Dunsinane. Se ve un bosque en las cercanías.
(Entran, con tambores y bandera, Malcolm, Siward, Macduff, el joven Siward, Menteth, Cathness, Angus y soldados en marcha)

MALCOLM. -Parientes, espero que esté cerca el día en que nuestra alcoba sea un lugar seguro.
MENTETH. -No nos cabe duda.
SIWARD. -¿Qué bosque es el de ahí enfrente? 
MENTETH. -El bosque de Birnam. 
MALCOLM. -Que cada soldado corte una rama y la lleve delante. Así encubriremos nuestro número, y quienes nos observen errarán su cálculo. 
SOLDADO. -A vuestras órdenes. 
SIWARD. -Según nuestras noticias, el tirano aguarda confiado en Dunsinane y dejará que le pongamos cerco. 
MALCOLM. -Esa es su esperanza, pues, cuando ha habido ocasión de escapar, nobles y humildes le han abandonado y sólo están con él unos míseros forzados que le siguen sin ánimo.
MACDUFF. -Que el justo dictamen venga tras los hechos; ahora entremos en acción marcial.
SIWARD. -Se acerca la hora en que se podrá distinguir de cierto lo que nuestro llamamos y lo que es nuestro. Nutren esperanzas las suposiciones, mas la certidumbre la darán los golpes. ¡Hacia ella avance la guerra!
(Salen en marcha)

Escena V

Dunsinane. Interior del castillo.
(Entran MACBETH, SEYTON y soldados, con tambores y bandera)
MACBETH. -¡Izad los estandartes sobre las murallas! Siguen gritando: «¡Ya vienen! » La robustez del castillo se reirá del asedio. Ahí queden hasta que se los coma la peste y el hambre. De no estar reforzados por los nuestros, los habríamos combatido cara a cara hasta echarlos a su tierra.
(Gritos de mujeres, dentro)
 ¿Qué ruido es ese?
SEYTON. -Gritos de mujeres, mi señor.
[Sale.]
MACBETH. -Ya casi he olvidado el sabor del miedo. Hubo un tiempo en que el sentido se me helaba al oír un chillido en la noche, y mi melena  se erizaba ante un cuento aterrador cual si en ella hubiera vida. Me he saciado de espantos, y el horror, compañero de mi mente homicida, no me asusta. 
[Entra SEYTON]
¿Por qué esos gritos? 
SEYTON. -Mi señor, la reina ha muerto. 
MACBETH. -Había de morir tarde o temprano; alguna vez vendría tal noticia. Mañana, y mañana, y mañana se arrastra con paso mezquino día tras día hasta la sílaba final del tiempo escrito, y la luz de todo nuestro ayer guió a los bobos hacia el polvo de la muerte. ¡Apágate, breve llama! La vida es una sombra que camina, un pobre actor que en escena se arrebata y contonea y nunca más se le oye. Es un cuento que cuenta un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada.
(Entra un MENSAJERO)
Tú vienes a usar la lengua. ¡Venga la noticia! 
MENSAJERO. -Augusto señor, debo informar de lo que he visto, aunque no sé cómo hacerlo.
MACBETH. -Pues dilo ya.
MENSAJERO. -Estando de vigía ahí en lo alto, he mirado hacia Birnam y me ha parecido que el bosque empezaba a moverse.
MACBETH. -¡Infame embustero!
MENSAJERO. -Sufra yo vuestra cólera si miento: podéis ver que se acerca a menos de tres millas. Repito que el bosque se mueve.
MACBETH. -Si no es cierto, te colgaré vivo del primer árbol hasta que el hambre te seque. Si es verdad, no me importa que lo hagas tú conmigo. Refreno mi determinación; ya recelo de equívocos del diablo, que miente bajo capa de verdad. «Nada temas hasta que el bosque de Birnam venga a Dunsinane», y ahora un bosque viene a Dunsinane. ¡A las armas, fuera! Si se confirma lo que dice el mensaje, tan inútil es huir como quedarse. Empiezo a estar cansado del sol, y ojalá que el orden del mundo fuese a reventar. ¡Toca al arma, sople el viento, venga el fin, pues llevando la armadura he de morir!
(Salen)

Escena VI

Explanada delante del castillo de Dunsinane.
(Entran, con tambores y bandera,MALCOLM, SIWARD, MACDUFF y el ejército, con ramas que los ocultan)

MALCOLM. -Ahora estamos cerca: tirad la verde cortina y mostraos como sois. Vos, mi digno tío, con mi primo y noble hijo vuestro, mandaréis el primer batallón. El buen Macduff y yo nos ocuparemos de todo lo restante conforme a nuestro plan.
SIWARD. -Id con Dios. Si encontrásemos la hueste del tirano, que nos venza si en la lucha flaqueamos. 
MACDUFF. -¡Dad a las trompetas aliento vibrante, esas mensajeras de muerte y de sangre!
(Salen. Toque de trompetas prolongado)

Escena VII

Otra parte de la explanada.
(Entra MACBETH)

MACBETH. -Me han atado al palo y no puedo huir: como el oso, haré frente a la embestida. ¿Quién no ha nacido de mujer? Sólo a éste he de temer, a nadie más. 
(Entra el JOVEN SIWARD)
JOVEN SIWARD. -¿Cómo te llamas?
MACBETH. -Te aterraría saberlo.
JOVEN SIWARD. -No, aunque tu nombre abrase más que cualquiera del infierno.
MACBETH. -Me llamo Macbeth.
JOVEN SIWARD. -Ni el diablo podría pronunciar un nombre más odioso a mis oídos.
MACBETH. -No, ni más temible.
JOVEN SIWARD. -Mientes, tirano execrable. Probaré tu mentira con mi espada.
(Pelean y cae muerto el JOVEN SIWARD)
MACBETH. -Tú naciste de mujer. De todas las armas y espadas me río si el que las empuña es de mujer nacido.
(Sale. Fragor de batalla. Entra MACDUFF).
MACDUFF. -De ahí viene el ruido. ¡Enseña la cara, tirano! Si te matan y el golpe no es mío, las sombras de mi esposa y de mis hijos siempre han de acosarme. No puedo herir a los pobres mercenarios, pagados por blandir varas: o contigo, Macbeth, o envaino mi espada, indemne y ociosa. Ahí estás, sin duda: ese choque de armas parece anunciar a un hombre de rango. Fortuna, deja que lo encuentre, que más no te pido.
(Sale. Fragor de batalla. Entran MALCOLM y SIWARD)
SIWARD. -Por aquí. El castillo se rinde de grado. Los hombres del tirano dividen sus lealtades, los nobles barones pelean con ardor, la victoria se anuncia casi nuestra y poco resta por hacer. 
MALCOLM. -Algunos del bando enemigo combaten de nuestro lado. 
SIWARD. -Y ahora, entra en el castillo.
(Salen. Fragor de batalla)

Escena VIII

Otra parte de la explanada
(Entra MACBETH)

MACBETH. - ¿Por qué voy a hacer el bobo romano y morir por mi espada? Mientras vea hombres vivos, en ellos lucen más las cuchilladas.
(Entra MACDUFF)
MACDUFF. -¡Vuélvete, perro infernal, vuélvete!
MACBETH. -De todos los hombres sólo a ti he rehuido. Vete de aquí: mi alma ya está demasiado cargada de tu sangre.
MACDUFF. -No tengo palabras; hablará mi espada, tú, ruin, el más sanguinario que pueda proclamarse.
(Luchan. Fragor de batalla)
MACBETH. -Tu esfuerzo es en vano.  Antes que hacerme sangrar, tu afilado acero  podrá dejar marca en el aire incorpóreo.  Caiga tu espada sobre débiles penachos.  Vivo bajo encantamiento, y no he de rendirme  a nadie nacido de mujer. 
MACDUFF. -Desconfía de encantamientos: que el espíritu al que siempre has servido te diga que del vientre de su madre  Macduff fue sacado antes de tiempo. 
MACBETH. -Maldita sea la lengua que lo dice y amedrenta lo mejor de mi hombría. No creamos ya más en demonios que embaucan y nos confunden con esos equívocos, que nos guardan la promesa en la palabra y nos roban la esperanza. Contigo no lucho. 
MACDUFF. -Entonces, ríndete, cobarde, y vive  para ser espectáculo del mundo.  Te llevaremos, como a un raro monstruo,  pintado sobre un poste con este letrero: «Ved aquí al tirano». 
MACBETH. -No pienso rendirme  para morder el polvo a los pies del joven Malcom y ser escarnio de la chusma injuriosa. Aunque el bosque de Birnam venga a Dunsinane y tú, mi adversario, no nacieras de mujer, lucharé hasta el final. Empuño mi escudo delante del cuerpo: pega bien, Macduff; maldito el que grite: «¡Basta, basta ya!»
(Salen luchando. Fragor de batalla. Entran luchando y MACBETH[cae] muerto)
 [Sale MACDUFF con el cuerpo de MACBETH]
(Toque de retreta. Trompetas. Entran, con tambores y bandera MALCOLM, SIWARD, ROSS, barones y soldados)

MALCOLM. -Ojalá los amigo s que faltan estén a salvo.
SIWARD. -Habrán muerto algunos, aunque, viendo los presentes, tan grande victoria no ha sido costosa. 
MALCOLM. -Faltan Macduff y vuestro noble hijo. 
ROSS. -Señor, vuestro hijo pagó la deuda del soldado. Vivió para llegar a ser un hombre, mas, no bien hubo confirmado su valor en el puesto en que luchó inconmovible, murió como un hombre. 
SIWARD. -¿Así que ha muerto? 
ROSS. -Sí, y ya le han retirado del campo.  No midáis vuestro dolor por su valía, pues entonces sería infinito. 
SIWARD. -¿Fue herido por delante?
ROSS. -Sí, de frente. 
SIWARD. -Sea entonces soldado de Dios. Si tuviera tantos hijos como tengo cabellos, no podría desearles mejor muerte. Su campana ya ha doblado. 
MALCOLM. -.Él merece más duelo; yo se lo daré. 
SIWARD. -Ya más no merece: su cuenta ha pagado con su hermosa muerte. Dios sea con él. Aquí viene más consuelo.

Entra MACDUFF con la cabeza de MACBETH
MACDUFF. -¡Salud, rey, puesto sois! Ved aquí clavada la cabeza del vil usurpador.  El mundo es libre. Os rodea la flor de vuestro reino, que en su pecho ya repite mi saludo. Que sus voces digan alto con la mía: ¡Salud, rey de Escocia! 
TODOS.  -¡Salud, rey de Escocia!

Toque de trompetas.

MALCOLM. -. -No dejaré que pase mucho tiempo  sin tasar el afecto que ha mostrado  cada uno  y pagaros mis deudas. Mis barones y parientes,  desde ahora sois condes, los primeros que en Escocia  alcanzan este honor. Cuanto quede por hacer y deba repararse en esta hora, como repatriar a los amigos desterrados  que huyeron de las trampas de un tirano vigilante,  denunciar a los bárbaros agentes de este carnicero y su diábolica reina,  que, según dicen, se quitó la vida  por su propia mano cruel; todo esto y cuanto sea justo, con favor divino,  en modo, tiempo y lugar he de cumplirlo.  Gracias, pues, a todos. Quedáis invitados  a venir a Scone y verme coronado.

(Toque de trompetas. Salen todos) 


Castillo de Cawdor

TEATRO DEL ABSURDO -LA LECCIÓN de Ionesco



TEATRO DEL ABSURDO
A partir del siglo XX aparecen grandes contradicciones en la humanidad: grandes avances tecnológicos pero también terribles guerras. Estas contradicciones provocan escepticismo ¿puede el ser humano ser mejor? Albert Camus, filósofo existencialista, afirmaba que la humanidad tenía que resignarse a reconocer que una explicación completamente racional del universo estaba más allá de su alcance; en ese sentido, el mundo debe ser visto como absurdo. El teatro del absurdo reflejó ese desencanto.

Algunas características del teatro del absurdo son:

-El rechazo de las normas del teatro realista.
-La imposibilidad de los personajes de lograr comunicarse.
-El ambiente sofocante, el lenguaje sin sentido y las situaciones ilógicas: todo esto sirve para  enfatizar la extrañeza y el aislamiento humanos.

LA LECCIÓN    de Eugène Ionesco

Una alumna se prepara para un doctorado y recurre a las clases particulares de un profesor ya anciano. Durante esa clase, los vínculos entre una y otro se irán degenerando y violentando hasta llegar a un final extremo. La obra presenta una serie de rasgos que evidencian un clima social vinculado con la situación de angustia que se vivía en Europa después de la Segunda Guerra.

El fragmento que se transcribe a continuación se inicia después de que la alumna ha logrado responder satisfactoriamente una serie de preguntas muy sencillas.

el profesor. — Bueno.   Aritmeticemos un poco.
la alumna. — Con mucho gusto, señor.
el profesor. — ¿No le molesta decirme...?
la alumna. — De ningún modo, señor, continúe.
el profesor. — ¿Cuántos son uno y uno?
la alumna. — Uno y uno son dos.
el profesor (admirado por la sabiduría de la alumna). — ¡Oh, muy bien! Me parece muy adelantada en sus estudios. Obtendrá fácilmente su doctorado total, señorita.
la alumna. — Lo celebro, tanto más porque es usted quien lo dice.
el profesor. — Sigamos adelante: ¿cuántos son dos y uno?
la alumna. — Tres.
el profesor. — ¿Tres y uno?
la alumna. — Cuatro.
el profesor. — ¿Cuatro y uno?
la alumna. — Cinco.
e,l profesor. — ¿Cinco y uno?
la alumna. — Seis.
el profesor. — ¿Seis y uno?
la alumna. — Siete.
el profesor. — ¿Siete y uno?
la alumna. — Ocho.
el profesor. — ¿Siete y uno?
la alumna. — Ocho...   bis.
el profesor. — Muy buena respuesta.   ¿Siete y uno?
la alumna. — Ocho...  triplicado.
el profesor. — Perfecto.   Excelente.   ¿Siete y uno?
la alumna. — Ocho...   cuadruplicado.   Y a veces nueve.
el profesor. — ¡Magnífica! ¡Es usted magnífica! ¡Es usted exquisita! Le felicito calurosamente, señorita. No merece la pena de continuar. En lo que respecta a la suma es usted magistral. Veamos la resta. Dígame solamente, si no está agotada, cuántos son cuatro menos tres.
la alumna.— ¿Cuatro menos tres?...    ¿Cuatro menos tres?
el profesor. — Sí.   Quiero decir: quite tres de cuatro.
la alumna. — Eso da...   ¿siete?
el profesor. —'Perdóneme si me veo obligado a contradecirle. Cuatro menos tres no dan siete. Usted se confunde: cuatro más tres son siete, pero cuatro menos tres no son siete... Ahora no se trata de sumar, sino de restar.
la alumna (se esfuerza por comprender). — Sí...  sí...
el profesor. — Cuatro menos tres son: ¿Cuánto?... ¿Cuánto?
la alumna. — ¿Cuatro?
el profesor. — No, señorita, no es eso.
la alumna. — Entonces, tres.
el profesor. — Tampoco, señorita... Perdóneme, pero debo decírselo: no es ésa la respuesta... Discúlpeme.
la alumna. — Cuatro menos tres... Cuatro menos tres... ¿Cuatro menos tres? ¿No son diez?
el profesor. — No, ciertamente, no lo son, señorita. Pero además no se trata de adivinar, sino de razonar. Procuremos deducirlo juntos. ¿Quiere usted contar?
la alumna. — Sí, señor.   Uno...  dos...  tres...
el profesor. — ¿Sabe usted contar bien? ¿Hasta cuántos sabe usted contar?
la alumna. — Puedo contar...   hasta el infinito.
el profesor. — Eso es imposible, señorita.
la alumna. — Entonces, digamos hasta dieciséis.
el profesor. — ¡Eso basta. Hay que saber limitarse. Cuente, pues, por favor, se lo ruego.
la alumna. — Uno... dos... y después de dos, vienen tres... cuatro...
el profesor. — Deténgase, señorita. ¿Qué número es mayor: el tres o el cuatro?
la alumna. — ¿Es?... ¿El tres o el cuatro? ¿Cuál es mayor? ¿El mayor de tres o cuatro? ¿En qué sentido el mayor?
el profesor. — Hay números más pequeños y números más grandes. En los números más grandes hay más unidades que en los pequeños...
la  alumna. — ¿Que en los números pequeños?
el profesor. — A menos que los pequeños tengan unidades menores. Si son muy pequeñas, es posible que haya más unidades en los números pequeños que .en los grandes... si se trata de otras unidades.
la alumna. — En ese caso, ¿los números pequeños pueden ser mayores que los grandes?
el profesor. — Dejemos eso. Nos llevaría mucho más lejos. Sepa únicamente que no sólo hay números. Hay también dimensiones, sumas, grupos, montones, montones de cosas tales como las ciruelas, los coches, las ocas, los pepinos, etcétera. Supongamos simplemente para facilitar nuestro trabajo que no tenemos más que números iguales: los mayores serán los que tengan más unidades, iguales.
la alumna. — ¿El que tenga más será el más grande? ¡Ah, comprendo, señor! Usted identifica la calidad con la cantidad.
el profesor. — Eso es demasiado teórico, señorita, demasiado teórico. No tiene por qué preocuparse de ello. Tomemos nuestro ejemplo y razonemos sobre ese caso concreto. Dejemos para más tarde las conclusiones generales. Tenemos el número cuatro y el número tres, cada uno de ellos con un número igual de unidades. ¿Qué número será mayor, el número más pequeño o el número más grande?
la alumna. — Discúlpeme, señor. ¿Qué entiende usted por el número mayor? ¿El menos pequeño que el otro?
El, profesor. — Eso es, señorita. ¡Perfecto! Me ha comprendido muy bien.
la alumna. — Entonces, es el cuatro,
el profesor. — ¿Qué es el cuatro? ¿Mayor o menor que el tres?
la alumna. — Menor..., no, mayor.
el profesor. — Excelente respuesta. ¿Cuántas unidades hay entre tres y cuatro? ¿O entre cuatro y tres, si usted prefiere?
la alumna. — No hay unidades, señor, entre tres y cuatro. El cuatro viene inmediatamente después del tres, ¡pero no hay nada absolutamente entre el tres y el cuatro!
el profesor. — Me he explicado mal. La culpa es mía, sin duda. No he sido bastante claro.
la alumna. — No, señor, la culpa es mía.
el profesor. — Escuche. He aquí tres fósforos. Y aquí otro más, en total cuatro. Ahora observe bien; usted tiene cuatro, yo retiro uno, ¿cuántos le quedan? (No se ven los fósforos ni ninguno de los objetos de que habla.   El profesor se levantará de la mesa y escribirá en una pizarra inexistente con una tiza inexistente, etcétera)
la alumna. — Cinco. Si tres y uno hacen cuatro, cuatro y uno hacen cinco.
el profesor. — No es eso, no es eso en modo alguno. Usted tiende siempre a sumar. Pero también hay que restar. No sólo es necesario integrar, también hay que desintegrar. Eso es la vida. Eso es la filosofía. Eso es la ciencia. Eso son el progreso y la civilización.
la alumna. — Sí, señor.
el profesor. — Volvamos a nuestros fósforos. Tengo cuatro de ellos. Como usted ve, son cuatro. Quito uno, y ya sólo quedan...
la alumna. — No sé cuántos, señor.
el profesor. — Vamos, reflexione. Admito que no es fácil, pero usted es lo bastante culta para que pueda hacer el esfuerzo intelectual necesario y llegue a comprender. ¿Entonces?
la alumna. — No llego a comprenderlo, señor.   No lo sé, señor.
el profesor. — Tomemos ejemplos más sencillos. Si usted tuviese dos narices y yo le arrancase una, ¿cuántas le quedarían?
la alumna. — Ninguna.
el profesor. — ¿Cómo ninguna?
la alumna. — Sí, precisamente porque usted no me ha arrancado ninguna es por lo que tengo una ahora. Si usted me la hubiese arrancado, ya no la tendría.
el profesor. — No ha comprendido mi ejemplo. Suponga que no tiene más que una oreja.
la alumna. — Sí.   ¿Y después?
el profesor. — Yo le agrego otra. ¿Cuántas tendrá entonces?
la alumna. — Dos.
el profesor. — Está bien.  Y si le agrego otra más, ¿cuántas tendrá?
la alumna. — Tres orejas.
el profesor. — Le quito una.   ¿Cuántas orejas le quedan?
la alumna. — Dos.
el profesor. — Muy bien. Le quito otra más. ¿Cuántas le quedan?
LA   ALUMNA. — Dos.
el profesor. — No. Usted  tiene  dos, yo le quito una, le como una, ¿cuántas le quedan?
la alumna. — Dos.
el profesor. — Le como una... una...
la alumna. — Dos.
el profesor. — Una
la alumna. — Dos.
el profesor. — ¡Una!
la alumna. — ¡Dos!
el profesor. — ¡Una!
la alumna. — ¡Dos!
el profesor. — ¡Una!
la alumna. — ¡Dos!
el profesor. — ¡Una!
la alumna. — ¡Dos!
el profesor. — ¡Una!
la alumna. — ¡Dos!
el profesor. — No, no. No es eso. El ejemplo no es... no es convincente. Escúcheme.
la alumna. — Le escucho, señor.
el profesor. — Usted tiene...   usted tiene...   usted tiene...
la alumna. — ¡Diez dedos!
el profesor. — Como usted quiera. Perfecto. Usted tiene, pues, diez dedos.
la alumna. — Sí, señor.
el profesor. — ¿Cuántos tendría si tuviese cinco?
la alumna. — Diez, señor.
el profesor. — ¡No es así!
la alumna. — Sí, señor.
el profesor. — ¡Le digo que no!
la alumna. — Usted acaba de decirme que tengo diez.
el profesor. — ¡Le he dicho también, inmediatamente después, que tenía usted cinco!
la alumna. — ¡Pero no tengo cinco, tengo diez!
el profesor. — Procedamos de otra manera... Limitémonos a los números de uno a cinco para la sustracción... Preste atención, señorita y va a verlo. Voy a hacer que comprenda. (El profesor se pone a escribir en una pizarra negra imaginaria. La acerca a la alumna, que se vuelve para mirarla.) Vea, señorita. (Hace como que dibuja en la pizarra un palito y que escribe debajo la ci­fra 1; luego dos palitos, bajo los que escribe la cifra 2; luego tres palitos, bajo los que escribe la cifra 3; y por fin cuatro palitos, bajo los que escribe la cifra 4) ¿Ve usted, señorita?
la alumna. — Sí, señor.
el profesor. — Son palitos, señorita, palitos. Aquí hay un palito, aquí dos palitos, aquí tres palitos, y luego cuatro palitos, cinco palitos. Un palito, dos palitos, tres palitos, cuatro palitos, cinco palitos son números. Cuando se cuenta los palitos cada palito es una unidad, señorita... ¿Qué acabo de decir?
la alumna. — "Una unidad, señorita. ¿Qué acabo de decir?".
el profesor. — ¡O cifras! ¡O números! Uno, dos, tres, cuatro, cinco, son elementos de la numeración, señorita.
la alumna (vacilando). — Sí, señor. Elementos, cifras, que son palitos, unidades y números.
el profesor. — Al mismo tiempo... Es decir que, en definitiva, toda la aritmética está en eso.
la alumna. — Sí, señor.   Bien, señor.   Gracias, señor.
el profesor. — Entonces, cuente, por favor, valiéndose de esos elementos. ... Sume y reste
la alumna  (como para imprimirlo en su, memoria) — ¿Los palitos son cifras y los números unidades?
el profesor. — Hum... Pase. ¿Y entonces?
la alumna. — Se puede restar dos unidades de tres unidades, ¿pero se puede restar dos dos de tres tres? ¿Y dos cifras de cuatro números? ¿Y tres números de una unidad?
el profesor. — No, señorita.
la alumna. — ¿Por qué, señor?
el profesor. — Porque no, señorita.
la alumna. — ¿Y por qué no si los unos son los otros?
el profesor. — Es así, señorita. Eso no se explica. Eso se comprende mediante un razonamiento matemático interior. Se lo tiene o no se lo tiene.


ANÁLISIS DE LA OBRA

Mientras que los personajes de las obras clásicas son héroes, que realizan acciones extraordinarias (para conseguir el amor de una mujer, liberar a su pueblo de una peste, etc.) los personajes de La lección no tienen metas claras, ni deseos definidos, ni llevan adelante acciones heroicas, sino que parecen dejarse llevar por las pautas formales que impone la sociedad. Cuando el profesor y la alumna se harten de esa formalidad vacía, ocurrirá el desenlace trágico: el profesor mata a la alumna.
Los dos personajes parecen desconocer por qué y para qué hacen lo que están haciendo. No tienen claro su destino (como sí lo tienen los personajes de las obras clásicas), permanecen estáticos y no saben por qué, y esta actitud los hace parecer ridículos. Así se ve al ser humano "medio", como alguien desprotegido en un mundo en el que las decisiones que tienen que ver con su vida y con su muerte están fuera de su control.

El humor

Las posturas críticas y pesimistas con respecto a los seres humanos son presentadas por medio del humor, a menudo violento. Se propone, a través de la risa, una reflexión sobre las situaciones absurdas o sin sentido que viven los personajes. La insistencia del profesor hacia la alumna, por ejemplo, resulta graciosa, excepto para la propia chica que no escapa del tormento en el que está metida. El espectador ríe pero también se cuestiona por qué no abre la puerta y huye: la alumna no escapa porque no puede o porque no se le ocurre. No es consciente de su sufrimiento, ya que se comporta casi como una autómata; no tiene libertad.

La falta de fe del hombre contemporáneo

El hombre contemporáneo, según esta visión absurda, no puede tener metas ni ambiciones trascendentales (llegar a Dios, ganar el Paraíso o hacer la Revolución) ya que es un ser que no tiene creencias. Sin embargo, como la alumna, todavía espera, aunque no sabe muy bien qué.

La incomunicación –Hablar mucho pero no decir nada

El tema de la incomunicación entre el profesor y la alumna, es decir, la imposibilidad de encontrar acuerdos y puntos de encuentro con el otro, aparece como predominante.
La incomunicación aparece reflejada especialmente en la manera en que se utiliza la palabra. El teatro del absurdo se vale de la palabra para denunciar la falta de comunicación y de contacto entre las personas. En La lección, los protagonistas hablan casi sin parar, pero sus palabras sólo sirven para ocultar que no tienen nada para decirse y que no tienen capacidad para entenderse. La palabra pierde su contenido, su significado, para transformarse simplemente en un significante vacío que nada transmite.

La poca acción

E! argumento es mínimo; la trama de La lección puede reducirse a dos polos de acción: una alumna ineficiente y un profesor que no logra hacerse entender. Pero estas acciones mínimas están fuera de toda lógica y resultan siempre inesperadas. Es más, pueden adoptar la forma de una pesadilla de la que no es posible salir, como sucede cuando el profesor le pregunta a la alumna cuántas orejas le quedan si le saca una. Se busca, de esta manera, que el espectador se centre en las emociones más íntimas de los personajes y en los efectos que estas producen sobre los otros personajes.

lunes, 10 de octubre de 2011

Poesía: BENDICIÓN DE DRAGÓN




Que las lluvias que te mojen sean suaves y cálidas.
Que el viento llegue lleno del perfume de las flores.
Que los ríos te sean propicios y corran para el lado que quieras navegar.
Que las nubes te cubran el sol cuando estés solo en el desierto.
Que los desiertos se llenen de árboles cuando los quieras atravesar. O que encuentres esas plantas mágicas que guardan en su raíz el agua que hace falta.
Que el frío y la nieve lleguen cuando estés en una cueva tibia.
Que nunca te falte el fuego.
Que nunca te falte el agua.
Que nunca te falte el amor.
Tal vez el fuego se pueda prender.
Tal vez el agua pueda caer del cielo.
Si te falta el amor, no hay agua ni fuego que alcancen para seguir viviendo.
                                                                                                                           Gustavo Roldán
Gustavo Roldán es un escritor argentino, nacido en 1935. Profesor de Letras, escritor de numerosos cuentos y poemas.

domingo, 2 de octubre de 2011

CUENTO FANTÁSTICO, EXTRAÑO, MARAVILLOSO

El almohadón de plumas

                                                                                                                          Horacio Quiroga
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

—¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...

—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados dél hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

—¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca.

—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.


Juan sin miedo


                                                                                                               Wilhelm y Jacob Grimm

Érase una vez un matrimonio de leñadores que tenía dos hijos. Pedro, el mayor, era un chico muy miedoso. Cualquier ruido le sobresaltaba y las noches eran para él terroríficas. Juan, el pequeño, era todo lo contrario. No tenía miedo de nada. Por esa razón, la gente lo llamaba Juan sin miedo. Un día, Juan decidió salir de su casa en busca de aventuras. De nada sirvió que sus padres intentaron convencerlo de que no lo hiciera. Él quería conocer el miedo, saber qué se sentía.

Estuvo andando sin parar varios días sin que nada especial le sucediese. Llegó a un bosque y decidió cruzarlo. Bastante aburrido, se sentó a descansar un rato. De repente, una bruja de terrible aspecto, rodeada de humo maloliente y haciendo grandes aspavientos, apareció junto a él.

—¿Qué hay, abuela? —saludó Juan con toda tranquilidad.

—¡Desvergonzado! ¡Soy una bruja!

Pero Juan no se impresionó. La bruja intentó todo lo que sabía para asustar a aquel muchacho. Nada dio resultado. Así que se dio media vuelta y se fue de allí cabizbaja, pensando que era su primer fracaso como bruja.

Tras su descanso, Juan echó a andar de nuevo. En un claro del bosque encontró una casa. Llamó a la puerta y le abrió un espantoso ogro que, al ver al muchacho, comenzó a lanzar unas terribles carcajadas.

Juan no soportó que se riera de él. Se quitó el cinturón y empezó a darle unos terribles golpes hasta que el ogro le rogó que parase.

El muchacho pasó la noche en la casa del ogro. Por la mañana siguió su camino y llegó a una ciudad. En la plaza un pregonero leía un mensaje del rey:

—Y a quien se atreva a pasar tres noches seguidas en este castillo, el rey le concederá a la mano de la princesa.

Juan sin miedo se dirigió al palacio real, donde fue recibido por el soberano.

—Majestad, estoy dispuesto a ir a ese castillo —dijo el muchacho.

—Sin duda has de ser muy valiente —contestó el monarca. Pero creo que lo deberías pensar lo mejor.

—Está decidido —respondió Juan con gran seguridad.

Juan llegó al castillo. Llevaba años deshabitado. Había polvo y telarañas por todas partes. Como tenía frío, encendió una hoguera. Con el calor se quedó dormido.

Al rato, unos ruidos de cadenas lo despertaron. Al abrir los ojos, el muchacho vio ante él un fantasma. Juan, muy enfadado porque lo habían despertado, cogió un palo ardiendo y se lo tiró al fantasma. Éste, con su sábana en llamas, huyó de allí y el muchacho siguió durmiendo tan tranquilo.

Por la mañana, siguió recorriendo el castillo. Encontró una habitación con una cama y decidió pasar allí su segunda noche. Al poco rato de haberse acostado, oyó lo que parecían maullidos de gatos. Y ante él aparecieron tres grandes tigres que lo miraban con ojos amenazadores.

Juan cogió la barra de hierro y empezó a repartir golpes. Con cada golpe, los tigres se iban haciendo más pequeños. Tanto redujeron su tamaño que, al final, quedaron convertidos en unos juguetones gatitos a los que Juan estuvo acariciando.

Llegó la tercera noche y Juan se echó a dormir. Al cabo de unos minutos escuchó unos impresionantes rugidos. Un enorme león estaba a punto de atacarlo. El muchacho cogió la barra de hierro y empezó a golpear al pobre animal, quien empezó a decir con voz suplicante:

—¡Basta!, ¡basta!, ¡no me golpees más! ¡Eres un bruto!, ¿no te das cuenta de que me vas a matar?

A la mañana siguiente, Juan sin miedo apareció el palacio real. El rey, que no daba crédito a sus ojos, le concedió la mano de su hija y, a los pocos días, se celebró la boda.

Juan estaba encantado con su esposa y se sentía muy feliz. La princesa también lo estaba, pero decidió que haría conocer el miedo a su marido. Una noche, mientras Juan dormía, ella cogió una jarra de agua fría y se la derramó encima. El pobre Juan creyó morir del susto. Temblaba de terror. Sus pelos estaban rizados y ¡conoció el miedo, por fin!

Juan, una vez recuperado, agradeció a su esposa el haberle hecho sentir miedo, algo que todo el mundo conoce.

La protección por el libro

                                                                                                                    Anónimo chino

El literato Wu, de Ch'iang Ling, había insultado al mago Chang Ch'i Shen. Seguro de que éste procuraría vengarse, Wu pasó la noche levantado, leyendo, a la luz de la lámpara, el sagrado Libro de las transformaciones. De pronto se oyó un golpe de viento que rodeaba la casa, y apareció en la puerta un guerrero que lo amenazó con su lanza. Wu lo derribó con el libro. Al inclinarse para mirarlo, vio que no era más que una figura, recortada en papel. La guardó entre las hojas. Poco después entraron dos pequeños espíritus malignos, de cara negra y blandiendo hachas. También éstos, cuando Wu los derribó con el libro, resultaron ser figuras de papel. Wu las guardó como a la primera. A media noche, una mujer, llorando y gimiendo, llamó a la puerta.


-Soy la mujer de Chang -declaró-. Mi marido y mis hijos vinieron a atacarlo y usted los ha encerrado en su libro. Le suplico que los ponga en libertad.

-Ni sus hijos ni su marido están en mi libro -contestó Wu-. Sólo tengo estas figuras de papel.

-Sus almas están en esas figuras -dijo la mujer-. Si a la madrugada no han vuelto, sus cuerpos, que yacen en casa, no podrán revivir.

-¡Malditos magos! -gritó Wu-. ¿Qué merced pueden esperar? No pienso ponerlos en libertad. De lástima, le devolveré uno de sus hijos, pero no pida más.

Le dio una de las figuras de cara negra.

Al otro día supo que el mago y su hijo mayor habían muerto esa noche.

Género fantástico

El género literario de lo fantástico corresponde a un tipo de narración particular, que suele confundirse con otros géneros vecinos, como la ciencia-ficción o el terror. De hecho, la palabra "fantástico" se ha utilizado en contextos tan variados, que ha perdido gran parte de su significado intrínseco.

A pesar de esta aparente confusión, siguen en pie las distinciones generativas elaboradas por Tzvetan Todorov, en su estudio Introduction á la littérature fantastique. Todorov diferencia tres categorías dentro de la ficción no-realista: lo maravilloso, lo extraño y lo fantástico. Cada uno de estos géneros se basa en la forma de explicar los elementos sobrenaturales que caracterizan su manera de narración.

Si el fenómeno sobrenatural se explica racionalmente al final del relato, como en Los crímenes de la Rue Morgue, de Edgar Allan Poe, estamos en el género de "lo extraño". Lo que a primera vista parecía escapar a las leyes físicas del mundo tal y como lo conocemos no es más que un engaño de los sentidos que se resolverá según estas mismas leyes. Este es el caso de muchas de las narraciones policiales.

Por otro lado, si el fenómeno que rompe con las leyes de nuestro mundo permanece sin explicación racional cuando se acaba el relato, entonces nos encontramos ante "lo maravilloso". Tal sería el caso de los cuentos de hadas, fábulas, leyendas, donde los detalles irracionales forman parte tanto del universo como de su estructura. Para Todorov, el género fantástico puro se encuentra entre lo insólito y lo maravilloso, y sólo se mantiene el efecto fantástico mientras el lector duda entre una explicación racional y una explicación irracional. Lo fantástico, entonces, ocupa "el tiempo de la incertidumbre".

domingo, 25 de septiembre de 2011

CITAS BIBLIOGRÁFICAS



Cuando preparamos una monografía, hacemos una investigación previa y para ello solemos utilizar material bibliográfico de distintos tipos (textos, artículos periodísticos, videos, Internet, etc.) Generalmente, usamos parte de ese material para la elaboración de nuestro trabajo. Por una cuestión de honestidad intelectual, corresponde que hagamos constar cuáles son las transcripciones textuales (citas textuales) que utilizamos, y las fuentes (bibliografía) de donde hemos extraído esas partes que no son de nuestra autoría.

Cita textual: es la transcripción literal de un fragmento de una obra de otro autor. La usamos especialmente como fundamento para nuestra exposición. Generalmente se trata de conceptos, definiciones o afirmaciones que sintetizan una idea central del autor citado, o de un párrafo de particular concisión o belleza. También se suele usar lo que se llama cita "de autoridad", especialmente cuando queremos reforzar nuestras opiniones. En esas circunstancias la cita nos sirve para informar al lector que no sólo somos nosotros los que así pensamos, sino que hay alguna autoridad en la materia, algún escritor clásico o célebre con el que compartimos puntos de vista.
Para indicar claramente a nuestros lectores que estamos utilizando material extraído de la bibliografía es preciso, rigurosamente, encerrar entre comillas las palabras que citamos. Debe prestarse especial cuidado a este detalle formal ya que de otro modo estaremos cometiendo un plagio, utilizando como si fueran nuestras expresiones que hemos tomado de los demás.
Cuando la cita que vamos a utilizar ocupa menos de tres renglones la pondremos a continuación de nuestro texto, encerrada entre comillas. Si la cita corresponde a una oración completa, comenzará con comillas, luego la inicial en mayúsculas, a continuación el punto y nuevamente la comilla para cerrar la cita.
Ejemplo:
Presiente su propia muerte y se prepara para ella: “Cerró los ojos, dio un suspiro satisfecho y se marchó al otro mundo sin mirar para atrás.”

Cuando tomamos un extracto de una oración, deberemos agregar puntos suspensivos antes y después de las palabras citadas.
Ejemplo: “...la magna obra del poeta es haber enlazado tantos materiales y géneros mediante la representación del yo...”.

Si la cita ocupa más de tres renglones, la pondremos en una línea separada, y con una sangría izquierda a lo largo de todo el párrafo citado. Si se escribe en computadora, emplearemos un cuerpo de letra menor y también un espaciado menor entre líneas.
Ejemplo:
Dice María Rosa Lida al respecto:
“La enseñanza moral está repartida por toda la obra y, además, concentrada en la sátira  contra el clero libertino, larga y maligna, contra las mujeres, breve y risueña, en la diatriba contra los pecados capitales capitales y contra el dinero, en el sermón de las armas alegóricas del cristiano, en la imprecación contra la Muerte...”

Para que el lector sepa de quién son las palabras que estamos transcribiendo se coloca una llamada en el texto, después de cada cita, que nos remite a una nota a pie de página donde se expresa claramente la fuente misma.
Notas a pie de página: Son las citas bibliográficas que aparecen al pie de cada página en un trabajo, o inmediatamente después del final del mismo. Cuando el texto se confecciona en computadora existen recursos, en el procesador de textos Word, para agregarlas y organizarlas en forma automática. La ruta a seguir es la siguiente: Insertar – referencia – nota al pie – aceptar. (Existen otras opciones de configuración, pero optamos aquí por la más sencilla).

Bibliografía General: se confecciona en hoja separada, al final del texto elaborado. Se ordena en forma alfabética y se separa con doble espacio del siguiente texto citado.

Cómo citar un libro:
AUTOR (apellido y nombre o inicial del nombre)
TÍTULO DE LA OBRA (en letra cursiva o itálica, separado del nombre del autor por un punto.
CIUDAD DE EDICIÓN (separado del título con un punto).
NOMBRE DE LA EDITORIAL (separado de la ciudad por dos puntos o coma).
AÑO DE EDICIÓN (separado del nombre de la editorial por una coma).

     Ejemplo: Malraux, Andre. Huéspedes de paso. Buenos Aires, Sur, 1977.
Cómo citar material extraído de Internet
AUTOR. Título. [En línea]. Edición o versión. Lugar de publicación, editorial o distribuidor, año de publicación [Fecha de consulta:]
Ejemplo:
REAL ACADEMIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA. Diccionario de la lengua española [En línea]. 22ª Ed. Madrid, Real Academia de la Lengua Española, 2003. < http://buscon.rae.es/diccionario/drae.htm > [Consulta: 26 febrero 2006]


MONOGRAFÍA




Temas: La mujer en la literatura española.
La honra en la literatura española.

La monografía debe cumplir los siguientes requisitos:

Se presenta en hoja A4. Letra: times new roman. Tamaño: 12. Interlínea: 1 ½ . Márgenes justificados.

Constará de: Carátula, Introducción, Desarrollo, Conclusión, Anexos (si el alumno los considera convenientes), Bibliografía.

La carátula: debe contener:
                El nombre de la monografía, centrado y en letra destacada.
                Debajo, a la derecha los siguientes datos:
                               Asignatura: Lengua y Literatura
                               Alumno: (nombre y apellido)
                               Curso: 4º año
                               Profesora: Graciela Grillo
                               Año: 2011.

La introducción: se elabora en hoja separada, con una extensión de entre media y una carilla. Allí se plantea lo que se va a desarrollar en el trabajo. Ejemplo: En el siguiente trabajo analizaremos ….
El desarrollo: tendrá una extensión mínima de tres carillas y un máximo de cuatro. Es el cuerpo principal de la monografía y debe contener reflexiones personales avaladas por la bibliografía utilizada en la investigación.
La conclusión: como la introducción, se hace en hoja separada y con una extensión de media a una carilla.
Los anexos: ilustraciones, gráficos,  documentación pertinente que complete la información.
La bibliografía: última hoja de la monografía, respetará la normativa fijada a tal efecto.

Para la elaboración del trabajo deberán utilizar varios textos de consulta:
-Los textos que utilicen para comparar. Ejemplo: Don Quijote de la Mancha y El sí de las niñas
-Un libro de Historia, para reflejar la realidad histórica de la época. Generalmente, las acciones de los autores y/o personajes se justifican observando la época histórica en que transcurren las historias.
-Material de Internet (aprobado por la profesora)
-Cualquier otro texto crítico que contribuya a la elaboración de la monografía.

Otras indicaciones:
-Al comienzo de cada párrafo deben utilizar sangría.
-Cada hoja se usa de un solo lado, no se imprimen ambas caras de la hoja.
-El trabajo final se presenta en carpeta o folio.
-Fecha tope de entrega: lunes 7 de noviembre de 2011
-En otra entrada hay una breve reseña sobre la forma correcta de citar en una monografía. Las indicaciones son generales, por lo tanto pueden consultarme cualquier duda que les surja cuando las pongan en práctica.
-Les recomiendo ir haciendo borradores, bosquejos generales de sus trabajos, y traerlos a clase. Destinaremos unos minutos de cada clase, para consultas.
-La nota de calificación solo se completará con la defensa oral de la monografía.

viernes, 19 de agosto de 2011

"Deserción" de Clifford D. Simak- GUÍA DE LECTURA

1.   
  1. Narrador ¿Desde qué punto de vista se narra?
  2. Caracterizar a los personajes.
  3. Identificar los espacios donde transcurren las acciones.
  4. ¿Hay referencias temporales? ¿Qué podemos deducir del texto?
  5. Elementos del género de ciencia-ficción.
  6. ¿Cuántos hombres habían ido a Júpiter antes que Allen?
  7. ¿Qué le dice Fowler respecto de la misión?
  8. ¿Por qué necesitan tanto tener éxito en la misión?
  9. ¿Por qué el hombre bajo su forma natural sería destrozado en Júpiter?
  10. ¿Cuál es la causa del enfrentamiento entre Fowler y Stanley?
  11. ¿Cómo se describe a Stanley?
  12. ¿Cómo llaman a los habitantes de Júpiter?
  13. ¿Por qué un habitante de Júpiter no sobreviviría en la Tierra? ¿En qué se convertiría?
  14. Cuando un hombre se metía en un conversor se convertía en un ………….. (Pág. 78).
  15. ¿Qué decide Fowler después de la desaparición de Allen?
  16. Lo que en Júpiter es un viento suave en la Tierra sería un ………… (Pág.82).
  17. ¿Cómo se comunica en Júpiter Fowler con el perro?
  18. ¿Qué le dice el perro sobre su vida anterior?
  19. ¿Hacia dónde corren la carrera y cómo se describe ese lugar?
  20. ¿Qué les sucede a sus cerebros y cómo se manifiesta ese cambio?
  21. ¿Qué comparación establece Fowler entre su nuevo estado y los hombres que quedaron en el domo?
  22. ¿Qué decisión toman y por qué?
  23. En tu opinión, este cuento ¿tiene un final feliz?