lunes, 18 de agosto de 2014

Vocación


 
 
 
 
VOCACIÓN

de Jorge Maestro y Sergio Vainman

 
(La madre cose una camisa. El hijo está con un block, dibujando a su madre).

 MADRE: —A veces quisiera ser pulga para ver qué hacés con las camisas… (la enarbola). Mirá… ¡Ni un botón!

CÉSAR: —¿Qué querés que haga mamá?... Lo que hace todo el mundo.

MADRE: —¿Y estos puños? ¡Mirá cómo están estos puños! ¿Qué les pasás, papel de lija?...

CÉSAR (Mecánicamente): —No, mamá.

MADRE: —¿Y estas manchas de qué son?... Parece grasa… pintura… ¿Qué es esto?

CÉSAR (Cada vez más automáticamente): —No sé, mamá.

MADRE: —César, no te hagas el pavo. (Hace un bollo con la camisa). Esta camisa no sirve más. (Se levanta para ir a tirarla).

CÉSAR (La ataja) —No, no. Traela, dámela…

 MADRE: —¿Para qué la querés?... ¡Es una vergüenza de tanto zurcido!

 CÉSAR: —A mí me gusta, dejá…

 MADRE: —Vos lo hacés todo para llevarle la contra a tu madre… ¿Qué querés? ¿Qué digan que tu madre no se ocupa de vos?... ¿Qué soy una mugrienta? (Tira la camisa hecha un bollo que cae en el proscenio).

CÉSAR: —¡Pero vieja!

MADRE: —No me digas vieja que no me gusta…

CÉSAR: —La quiero para pintar.

MADRE: —Ah…(Reacciona) ¿Para pintar qué?...

CÉSAR: —Para pintar. En la escuela de Bellas Artes todos usan ropa gastada para no ensuciarse…

 MADRE: —¿Y vos qué tenés que ver con la escuela de Bellas Artes?

CÉSAR: —Todavía nada, pero…

MADRE: —Pero qué, César… ¡Hablá, por Dios!

CÉSAR: —¡Eh… pará! Yo estuve pensando y… resolví que…

MADRE: —¿Resolviste? 

CÉSAR: —Bueno… sí… averigüé. ¡Quiero estudiar pintura! (La madre lo mira azorada).

MADRE: —¿Desde cuándo? 

CÉSAR: —Cuando termine la secundaria, mamá… 

MADRE: —Desde cuándo se te metieron esas ideas, quiero decir. 

CÉSAR: —Hace rato que lo vengo pensando. 

MADRE: —¿Y cómo no se te ocurrió decirme nada, nene? 

CÉSAR: —Porque no sabía, ¿viste?... No estaba muy seguro… 

MADRE: —¡Ay! Cuando se entere tu padre… 

CÉSAR: —Ay, ay… ¡Qué va a pasar, mamá! 

(Llega el padre. Viene muy cansado. Se afloja la corbata, deja el saco que cuelga prolija y solemnemente).

 PADRE: —Hola, vieja… ¿Qué tal, César? 

CÉSAR: —Bien… 

PADRE: —¿Cómo anduvo el colegio? 

CÉSAR: —Bien. (Sigue dibujando).

PADRE: —¿Alguna novedad? 

CÉSAR: —No. (La madre nerviosa espera a que el hijo hable).

MADRE: —¿Te parece que no tenés ninguna novedad? 

CÉSAR: —¿Eh? 

PADRE: —Dejá de garabatear, César. Te está hablando tu madre… 

CÉSAR (Ofendido): —No estoy garabateando, papá. La estoy dibujando a mamá. 

PADRE: —Ah, se te dio por ahí… ¿A ver, che? (César muestra el dibujo que el padre mira) Tá bien, eh… ¿Viste, vieja?... ¡Tá lindo, eh! Te sale bien… Es un lindo pasatiempo… Yo, cuando era pibe, así como vos, se me había dado por desarmar todos los relojes que encontraba… Hasta llegué a pedir los folletos de un curso por correspondencia que salía… (Trata de recordar) ¿Cuánto salía? (Se queda pensativo).

CÉSAR: —Para mí no es un pasatiempo. 

PADRE: —¿Ah, no? Para mí, sí. Yo me pasaba horas. Estoy seguro que hubiera llegado a ser un buen relojero. Me gustaban las cosas chiquitas de los relojes. (A la mujer que va a servir la mesa). Es como un trabajo de cirugía, no te vayas a creer. (Al hijo). Quizá me hubiera hecho de un oficio, un negocito… pero tu abuelo no quería. Era muy estricto el abuelo… ¿Te acordás del abuelo, vos? (El hijo va a hablar, el padre sigue). ¡Qué te vas a acordar!... Era bravo el abuelo, un día cortó por lo sano: me tiró todas las herramientas, los relojes viejos, los folletos, todo… Y me dijo que en casa no había lugar para distracciones: “Acá hay que trabajar, amiguito”, me dijo. En aquel momento me dio mucha rabia, bronca, ¿viste? (La madre ha estado sirviendo la mesa). A uno cuando es joven le molestan las cosas que le dicen, pero…
después pasan los años, a uno le vienen las responsabilidades… en fin. (Transición). Así que ni siquiera como pasatiempo… Pero lo hacés bastante bien, ¿eh? 

CÉSAR: —Viejo… No entendiste. Es al contrario: yo quiero ser pintor. Pintor de cuadros, o dibujante, o grabador. Dedicarme… (La madre ha terminado de servir).

MADRE: —Vienen a comer… (El padre mira a César).

PADRE: —¿Cómo que querés ser pintor?... ¿Cómo es eso? Esa te la inventaste hoy… 

CÉSAR (Agresivo): —Viejo, no empecés… ¿Cómo que me la inventé? 

PADRE: —¡Yo no empiezo nada! Digo que te la inventaste hoy, porque hasta hoy no sabía nada. (A la madre). ¿Vos sabías algo, Clara? 

MADRE (Haciéndose la distraída): —¿De qué hablan?  

PADRE: —De que vamos a tener un artista en la familia… ¿Vos sabías algo? 

MADRE (Rapidito y bajo): —No. 

PADRE (Al hijo): —Ahí lo tenés… Si ni tu madre ni yo sabíamos nada es porque te lo inventaste hoy… (Se le acerca). Porque algo tenemos que ver tu madre y yo, ¿no?... ¿O somos extraños?... 

CÉSAR: —Pero quién dice eso, papá… Lo que pasa es que lo pensé bien, averigüé hasta estar seguro y… ahora sí te lo puedo decir porque lo tengo decidido… 

PADRE: —¡Ah, qué bien! ¡Ya lo decidiste! ¡Nosotros somos de palo! 

MADRE: —Vengan a comer, que se enfría… 

PADRE (Nervioso): —¿Podés esperar un minuto? 

MADRE: —¡La comida no puede esperar! ¿O querés comer las albóndigas frías? Claro, ¡total! Después soy yo la que se levanta a prepararte la sal de fruta y el tecito… 

CÉSAR (Displicente): —Por mí podemos hablar mientras comemos… 

PADRE (Estalla. Casi gritando): —¡Es que con vos ya no se habla en esta casa! ¡El señor decide solo! ¡Le creció la barba!... ¡Se manda solito! Mirá, César, ¡sabés muy bien que para mandarte solo, también hay que mantenerse solo! 

MADRE: —Pará, viejo… No te pongas así… Sentate a comer. 

CÉSAR: —Dejalo mamá… Tiene razón, pero yo me la voy a saber bancar… 

PADRE: —¡Pero qué vas a saber bancar sino sabés sonarte los mocos! 

CÉSAR: —Como quieras, pero yo lo tengo decidido. (Transición del padre. Se calma).

MADRE: —¿Comemos? 

CÉSAR: —No tengo hambre… 

PADRE: —Esperá, Clara… 

MADRE: —César… (Padre e hijo se dan vuelta y dicen al mismo tiempo). 

PADRE Y CÉSAR : —¿Qué? 

MADRE: —Le hablo a tu padre. (Al padre). Vamos a comer, César. Dejalo al chico. 

CÉSAR: —Ya no soy un chico, mamá. 

PADRE: —Claro, ahora defendelo. Acá el que tiene que hacer el papel de malo soy yo. (Lo mira a César). Pero mirá qué lindo: ¡pintor!... ¿Y de qué vas a vivir, che?... ¿Qué vas a comer?... ¿Acuarela? (Resopla. Transición. Se sienta. Lo sienta al hijo. Va a comer). (A la madre). Estas albóndigas no se pueden comer, están frías. (La madre toma los platos y sale). (…) (Sale César).
(…)

MADRE: —Yo de nuevo no las caliento. (Agresiva). 

PADRE: —¡Ah!... ¡Ahora te la agarrás conmigo, encima! 

MADRE: —¿Y cómo no querés que me la agarre? ¿Siempre hay que repetir la historia, César? (El padre come pan). 

PADRE: —Yo no repito ninguna historia… 

MADRE: —¿Ah, no? ¿Te creés que yo no te miro cuando salimos? 

PADRE: —¿Cuándo salimos? 

MADRE: —Yo te miro, César… 

PADRE: —¿Qué mirás? 

MADRE: —Te miro. Te parás delante de cuanta relojería encontramos en el camino, si hay un relojero componiendo sos capaz de quedarte horas… ¿Qué mirás, César? … ¿Mirás los relojes que te tiró tu papá?

(El padre va a hablar y vuelve a las albóndigas. Transición).

PADRE (Probando las albóndigas): —No están tan mal frías… (Come).

MADRE: —Yo creo que lo que mirás es lo que no pudiste ser… Un camino que se cortó y que vos no tuviste la valentía de pelear como hoy la tiene el nene. 

PADRE (Reflexiona y agrega sonriendo): —¡El nene! Yo le voy a dar valentía. (Estalla. Transición). Estas albóndigas están frías. (Aparta el plato. Se pone de pie). ¡Pero mirale la facha de pintor a este! 

MADRE: —¿A qué hora te lo pongo para mañana?... (Caminando, sin notarlo, llegó hasta el block. Mira el dibujo. La madre toma un despertador y le da cuerda).

PADRE: —A las siete… No, siete menos cuarto. Hoy sonó tarde. 

MADRE: —Debe atrasar… 

PADRE: —A ver. Traé, traé … (Saca un destornillador y se pone a desarmarlo. El padre mira el reloj desarmado. La madre, de pie lo observa. Mira alternativamente el block y el reloj. A la madre). ¿Cuántos años son la escuela de pintura?

MADRE: —No sé, ¿por? 

PADRE: —Por nada… (El padre deja el reloj, toma el block saliendo llama al hijo). (Va a buscar al hijo). (La madre mira la camisa que ha quedado tirada. Sonríe. La mira. La extiende. La observa y la dobla con cuidado). ¡César!… 

 

domingo, 10 de agosto de 2014

El debate

 

1. Lean el artículo del diario La Nación.

2. Divídanse en dos grupos y elijan una de las siguientes posturas:
- Defender al director.
- Defender a los alumnos expulsados.
3. Cada grupo preparará sus argumentos y, por turnos, debatiremos.

 

Miércoles 06 de agosto de 2014

Desplazaron al director de una escuela en Misiones por expulsar a cuatro alumnos que habían robado

 
POSADAS.- El director de una escuela de Misiones fue separado de su cargo por el Consejo General de Educación (CGE) de la provincia, luego de haber expulsado del establecimiento a cuatro alumnos por robar la motocicleta de otro estudiante. En repudio a la decisión oficial, varios padres tomaron ayer el establecimiento en defensa del director.
Jorge Romero, director de la Escuela de Educación Técnica 3 de la localidad de Oberá, a unos 100 kilómetros al norte de Posadas, expulsó de manera unilateral y desconociendo una resolución del CGE a los cuatro alumnos -uno de ellos abanderado- acusados de robar una motocicleta en la vereda de la escuela el 15 de mayo pasado.
Ante el hecho, denunciado por una empleada administrativa que observó el robo de la moto, Romero y el Consejo Asesor de Profesores decidieron aplicar el reglamento interno y expulsaron a los alumnos durante todo el ciclo lectivo 2014, sin posibilidades de rendir libres las materias. La medida permitía a los estudiantes retornar al colegio recién en marzo de 2015.
Pero el CGE rechazó la sanción disciplinaria y pidió reincorporar a los menores, lo que fue objetado por Romero. La actitud del director llevó a la autoridad provincial a separarlo del cargo y designar como director interino al actual vice, Eduardo Silvero, que aceptó el cargo y ayer se disponía a asumir sus funciones. Pero un grupo de padres lo impidió, al tomar la escuela por tiempo indeterminado y exigir al CGE la restitución del cargo a Romero.

jueves, 31 de julio de 2014

Texto explicativo, ejercicios


Elaborar un texto explicativo utilizando las palabras que rodean a las imágenes y los recursos y conectores que aprendimos en clase.





miércoles, 16 de julio de 2014

miércoles, 14 de mayo de 2014

Discurso argumentativo




DISCURSO ARGUMENTATIVO



ESTRUCTURA:
  • Tema, hipótesis. Empezamos por plantear la idea que queremos defender, demostrar: "X es bueno".
  • Cuerpo de la argumentación: Utilizamos estrategias argumentativas para lograr nuestro cometido, probar que X es bueno9.
  • Conclusión: puede estar o no. Es el cierre de nuestra defensa. Algo así como: "Por todo lo dicho anteriormente, es evidente que X es bueno".

RECURSOS ARGUMENTATIVOS

Comparación: establece semejanzas o diferencias. Conectores: “como”, “al igual que”, etc. Ejemplo: El castellano se caracteriza por su riqueza expresiva así como el inglés lo hace por su precisión.

Ejemplo: consiste en utilizar casos o situaciones particulares para reafirmar nuestra hipótesis. Conector: por ejemplo.

Cita de autoridad: expresiones de especialistas o instituciones prestigiosas que refuerzan nuestra postura. Pueden usarse de manera directa o indirecta. Utiliza verbos del decir: dice, asegura, afirma, explica, manifiesta, señala, subraya, etc.

Directa: entre comillas, se cita textualmente lo dicho por alguien. Discépolo dijo que "El tango es un pensamiento triste que se baila".

Indirecta: se cuenta lo que la autoridad en la materia dijo. García Marquez sostenía que hay que salir de las redacciones y buscar las noticias en la calle”.

Explicación: da información sobre los temas desarrollados y explicaciones que utilizan conectores como “porque”, “es decir”, “dicho de otro modo” (para reformular algo ya dicho o explicado), “y”, “además” (estos dos últimos agregan información), etc. Ejemplos: “Esto sigue sucediendo porque no hay controles suficientes”.

Causa-efecto: enuncia las causas y las consecuencias. Si pasa esto, pasará lo otro. Conectores: por lo tanto, en consecuencia, por eso, porque, por esta razón.

Preguntas retóricas: no esperan una respuesta. Su objetivo es que el receptor reflexione. Ejemplo: “¿Cuántas muertes más serán necesarias para que las autoridades tomen cartas en el asunto?

Contraargumentación: parte de un argumento contrario al de la tesis y le opone un enunciado favorable. A veces utiliza conectores como “aunque, pero, si bien, no obstante, a pesar de”. Ejemplo: “Si bien es cierto que … también podemos afirmar que …”.


Conectores lógicos para organizar el discurso: en primer lugar/en segundo lugar; para comenzar/para finalizar/para resumir; finalmente; en conclusión.

viernes, 18 de abril de 2014

TRABAJO CON MITOS - 1º5ª

TRABAJO PRÁCTICO Y EXPOSICIÓN ORAL


Se constituirán grupos de tres alumnos, que investigarán sobre distintos mitos , elaborarán material sobre los mismos  y los expondrán oralmente a sus compañeros.

1) Investigar sobre el mito que les haya tocado y escribir una narración sobre el mismo. Extensión aproximada: una carilla.

2) Hacer una lámina con material relacionado con el mito.

3) Narrar el mito a los compañeros en fecha a definir.

4) Publicar la versión en el blog.

Sitios sugeridos para investigar:



 
Los sitios utilizados deberán ser citados en el trabajo. Consulten también otra bibliografía: libros, antologías y recopilaciones de mitos, fascículos de Historia del Arte, etc.

MITOS - ORÁCULOS

Según la mitología, Cronos devoraba
a sus hijos para evitar que se cumpliera
la predicción de que uno de ellos lo
sucedería.


MITOS


Definición: son relatos sagrados muy antiguos que servían para explicar lo inexplicable. Como en la antigüedad la ciencia y la tecnología no estaban muy desarrolladas, esos relatos daban una explicación a cuestiones como el origen del universo o los fenómenos naturales como la lluvia o las estaciones del año.

También explicaban los hechos de los dioses, por qué actuaban de tal o cual manera, siempre muy cercana a comportamientos que hoy esperaríamos de un humano pero no de un dios. Esos dioses, según los relatos míticos, tenían pasiones muy humanas, como la envidia, los celos, el odio.

Características: los mitos son anónimos, de transimisión oral y tienen carácter religioso.

Personajes: Dioses: inmortales, antropomórficos, con pasiones humanas.

                      Semidioses o héroes: hijos de la unión de dioses y mortales, poseen alguna cualidad extraordinaria y realizan hazañas para sí mismos o para otros.

                      Criaturas fabulosas: seres fantásticos, generalmente monstruosos, como el Minotauro o la Medusa.
 


Dioses: Zeus, dios de dioses en
la mitología griega



Héroes: Hércules, de
extraordinaria fuerza
 
Centauro: criatura fabulosa,
mezcla de hombre y caballo

  

EL ORÁCULO - DELFOS


En muchos mitos aparecen las predicciones de los oráculos. ¿Qué es un oráculo?

La palabra tiene tres significados: es un templo, es una sacerdotisa y es la profecía que ella enuncia.

EL TEMPLO


El más famoso de los oráculos estaba en Delfos, un importante centro político y religioso, en la Grecia central y a 600 metros de altura respecto del nivel del mar. Se accedía por un camino de montaña, llamado la Vía Sacra. Allí se levantaba un templo en honor del dios Apolo. Estaba repleto de regalos riquísimos que llevaban quienes iban a consultar.
Oráculo de Delfos
 

LA SACERDOTISA


En el templo había una pitonisa o sacerdotisa que interpretaba la voluntad de los dioses. El procedimiento era el siguiente: alguien quería saber algo sobre el futuro, iba a Delfos, hacía una cola larguísima (a veces no lograba llegar a la pitonisa). Si tenía suerte, un sacerdote lo llevaba frente a la mujer. El peregrino hacía la pregunta. Ella, que estaba en trance por aspiración de vapores que emanaban del suelo, respondía con palabras misteriosas que le transmitían los dioses, y esas palabras eran interpretadas por el sacerdote para el visitante.

Al principio eran jóvenes mujeres vírgenes pero, a raíz del rapto o fuga de una de ellas con un visitante, se optó por mujeres de mediana edad. A primera hora del día tomaba un baño ritual, se engalanaba y se sentaba en un trípode de oro. Aspiraba emanaciones de una grieta del suelo, y así, en trance alucinógeno, se transformaba en la voz de Apolo.
Esta ilustración en una vasija es el
 único testimonio de la imagen de una
pitonisa.
 
 

 

 

 

 

 

 

  

LA PROFECÍA


Hasta los hombres más poderosos y los más intelectuales creían en la capacidad adivinatoria de los oráculos. Sin embargo, hubo uno que dudó, el rey Cresos, y para saber si podía confiar en alguno, mandó emisarios a todos los oráculos griegos. La pregunta era la misma para todos: adivinar qué estaría haciendo el rey en el momento de la adivinación. El oráculo de Delfos acertó: cocinando un cordero y una tortuga, una actividad extravagante, difícil de adivinar.
La inscripción "conócete a ti mismo" estaba
en la entrada del oráculo de Delfos


 
 
 
 
 
 
 
 
 

Para saber más:

Podés ver este video de History Channel, disponible en You Tube
 
El link que sigue te va a llevar a ver una escena de la película "Trescientos": la intervención de una sacerdotisa.
 
 
 
 
 



 


miércoles, 26 de marzo de 2014

Los pocillos


 
 
LOS POCILLOS

Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el comentario de cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con el platillo de otro. "Negro con rojo queda fenomenal", había sido el consejo estético de Enriqueta. Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había decidido que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color.

"El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?", preguntó Mariana. La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José Claudio contestó: "Todavía no. Esperá un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo." Ahora sí ella miró a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego.

La mano de José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá. "¿Qué buscás?", preguntó ella. "El encendedor." "A tu derecha." La mano corrigió el rumbo y halló el encendedor. Con ese temblor que da el continuado afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita, pero la llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano izquierda trataba infructuosamente de registrar la aparición del calor. Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su ayuda. "¿Por qué no lo tirás?" dijo, con una sonrisa que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también las modulaciones de la voz. "No lo tiro porque le tengo cariño. Es un regalo de Mariana."

Ella abrió apenas la boca y recorrió el labio inferior con la punta de la lengua. Un modo como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en marzo de 1953, cuando él cumplió 35 años y todavía veía. Habían almorzado en casa de los padres de José Claudio, en Punta Gorda, habían comido arroz con mejillones, y después se habían ido a caminar por la playa. El le había pasado un brazo por los hombros y ella se había sentido protegida, probablemente feliz o algo semejante. Habían regresado al apartamento y él la había besado lentamente, morosamente, como besaba antes. Habían inaugurado el encendedor con un cigarrillo que fumaron a medias. Ahora el encendedor ya no servía. Ella tenía poca confianza en los conglomerados simbólicos, pero, después de todo, ¿qué servía aún de aquella época?

"Este mes tampoco fuiste al médico", dijo Alberto.

"No."

"¿Querés que te sea sincero?"

"Claro."

"Me parece una idiotez de tu parte."

"¿Y para qué voy a ir? ¿Para oirle decir que tengo una salud de roble, que mi hígado funciona admirablemente, que mi corazón golpea con el ritmo debido, que mis intestinos son una maravilla? ¿Para eso querés que vaya? Estoy podrido de mi notable salud sin ojos."

La época anterior a la ceguera, José Claudio nunca había sido especialista en la exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se ha olvidado de cómo era ese rostro antes de adquirir esta tensión, este resentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló el infortunio, él se había negado a valorar su amparo, a refugiarse en ella. Todo su orgullo se concentró en un silencio terrible, testarudo, un silencio que seguía siendo tal, aún cuando se rodeara de palabras. José Claudio había dejado de hablar de sí.

"De todos modos debería ir", apoyó Mariana. "Acordate de lo que siempre te decía Menéndez."

"Cómo no, que me acuerdo: Para Usted No Está Todo Perdido. Ah, y otra frase famosa: La Ciencia No Cree en Milagros.

Yo tampoco creo en milagros." "¿Y por qué no aferrarte a una esperanza? Es humano."

"¿De veras?" Habló por el costado del cigarrillo.

Se había escondido en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha para asistir, simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa. Una mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo, había bastante margen para esa exigencia; ella era dúctil. Toda una calamidad que él no pudiese ver; pero esa no era la peor desgracia. La peor desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a su alcance, la ayuda de Mariana. El menospreciaba su protección. Y Mariana hubiera querido -sinceramente, cariñosamente, piadosamente- protegerlo.
 
Bueno, eso era antes; ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo, que desde el comienzo estuvieron rodeados de un halo constante de cariño, ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose solícita. Después fue un temor horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. El estaba agresivo, dispuesto siempre a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible retroceso. Era increíble cómo hallaba a menudo, aún en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego. Y siempre desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si ésta oficiara de muro de contención para el incómodo estupor de los otros.

Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal.

"Que otoño desgraciado", dijo, "¿Te fijaste?" La pregunta era para ella.

"No", respondió José Claudio. "Fijate vos por mí."

Alberto la miró. Durante el silencio, se sonrieron. Al margen de José Claudio, y sin embargo, a propósito de él. De pronto Mariana supo que se había puesto linda. Siempre que miraba a Alberto se ponía linda. El se lo había dicho por primera vez la noche del 23 de abril del año pasado, hacía exactamente un año y ocho días: una noche en que José Claudio le había gritado cosas muy feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente triste, durante horas y horas, es decir, hasta que había encontrado el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura. ¿De dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la gente? Ella estaba con él, o simplemente lo miraba, y sabía de inmediato que él la estaba sacando del apuro. "Gracias", había dicho entonces. Y todavía ahora la palabra llegaba a sus labios directamente desde su corazón, sin razonamientos intermediarios, sin usura. Su amor hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud, pero eso (que ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo. Para ella, querer había sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José Claudio, en los buenos tiempos, le había agradecido que él, tan brillante, tan lúcido, tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. Había fallado en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y había fallado tan luego en la ocasión más absurdamente favorable, es decir, cuando él parecía necesitarla más.

A Alberto, en cambio, le agradecía el impulso inicial, la generosidad de ese primer socorro que la había salvado de su propio caos, y, sobre todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había provocado su gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila, un respetuoso de su hermano, un fanático del equilibrio, pero también, y en definitiva, un solitario. Durante años y años, Alberto y ella habían mantenido una relación superficialmente cariñosa, que se detenía con espontánea discreción en los umbrales del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba entrever una solidaridad algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la aparente felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que él consideraba encantadora. En realidad, no hacía mucho que Mariana había obtenido a confesión de que la imperturbable soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.

"Y ayer estuvo Trelles", estaba diciendo José Claudio, "a hacerme la clásica visita adulona que el personal de la fábrica me consagra una vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a la suerte y el que pierde se embroma y viene a verme."

"También puede ser que te aprecien", dijo Alberto, "que conserven un buen recuerdo del tiempo en que los dirigías, que realmente estén preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable como te parece de un tiempo a esta parte."

"Qué bien. Todos los días se aprende algo nuevo." La sonrisa fue acompañada de un breve resoplido, destinado a inscribirse en otro nivel de ironía.

Cuando Mariana había recurrido a Alberto en busca de protección, de consejo, de cariño, había tenido de inmediato la certidumbre de que a su vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba tan necesitado de amparo como ella misma, de que allí, todavía tensa de escrúpulos y quizás de pudor, había una razonable desesperación de la que ella comenzó a sentirse responsable. Por eso, justamente, había provocado su gratitud, por no decírselo con todas las letras, por simplemente dejar que él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás, por sólo permitir que él ajustara a la imprevista realidad aquellas imágenes de ella misma que había hecho transcurrir, sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus melancólicos insomnios. Pero la gratitud pronto fue desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto para la mutua revelación, como si sólo hubiera faltado que se miraran a los ojos para confrontar y compensar sus afanes, a los pocos días lo más importante estuvo dicho y los encuentros furtivos menudearon. Mariana sintió de pronto que su corazón se había ensanchado y que el mundo era nada más que eso: Alberto y ella.

 "Ahora sí podés calentar el café", dijo José Claudio, y Mariana se inclinó sobre la mesita ratona para encender el mecherito. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un triángulo.

Después se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo que esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla. Qué delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente y los dedos largos, afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera vez que Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había sentido terriblemente inquieta, con los músculos anudados en una dolorosa contracción que le había impedido disfrutar de la caricia. Ahora no. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar. Le parecía que la ceguera de José Claudio era una especie de protección divina.

Sentado frente a ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con beatitud. Con el tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una especie de rito y, ahora mismo, Mariana estaba en condiciones de aguardar el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes, la mano acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió lentamente la mejilla y el mentón. Finalmente se detuvo sobre los labios entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos. Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo. Ajeno, reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía siempre un poco de temor. Un temor que no tenía razón de ser, ya que en el ejercicio de esa caricia púdica, riesgosa, insolente, ambos habían llegado a una técnica tan perfecta como silenciosa.

 "No lo dejes hervir", dijo José Claudio.
 
La mano de Alberto se retiró y Mariana volvió a inclinarse sobre la mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la tapa de vidrio y llenó los pocillos directamente desde la cafetera.

 Todos los días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería el verde para José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para ella. Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero antes de dejarlo en sus manos, se encontró con la extraña, apretada sonrisa. Se encontró además, con unas palabras que sonaban más o menos así: "No, querida. Hoy quiero tomar en el pocillo rojo."
 
Mario Benedetti (1959)
 
 
Respondé:
 
 
1. ¿A qué género pertenece este relato? ¿Por qué?
2. ¿Qué tramas predominan en él?
3. ¿Desde la perspectiva de cuál de los personajes está narrado?
4. Subrayá los temas que consideres centrales en este cuento: infidelidad, ceguera, rencor, mentira, desconfianza, amor, odio, incomprensión.
5. Explicá qué significan las siguientes expresiones:
"Estoy podrido de mi notable salud sin ojos."
"Siempre que miraba a Alberto se ponía linda."
…la imperturbable soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.
…los encuentros furtivos menudearon.
 
"Ahora el encendedor ya no servía"
 
"Le gustaba verlos así, formando un triángulo"